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Rincones urbanos / Sabina Bernal / septiembre 2008

Del libro de las transformaciones 2005

Una mano en despedida,

Unos ojos azules,

Un cerebro cansado,

Una calle indigente.

Un cerebro azulado

Una calle en despedida

Unos ojos cansados,

Una mano indigente.

Una calle en los ojos,

Un montón azul de gente,

Una mano cansada,

Un cerebro en despedida.

Unos ojos llenos,

Un cerebro indigente,

Una calle azulada,

Una despedida en la mano.

 

Sabinne

2005 / publicado por el Fondo Editorial de Querétaro en 2007 / El Bozal y El libro de las transformaciones / SB

El perro callejero se tumba sobre el pasto justo cuando va saliendo de la cantina un hombre de espalda escurrida y hombros escuetos. El hombre sale sin mirar la calle; sólo ve la gris niebla ostiona que se le encarama a los pómulos. Tiene, del borracho, el andar y el elemento. Da tumbos contra el muro y pisa al perro que, tras un chillido, sale corriendo.

El borracho no ha intentado poner el pie bajo la acera cuando un automóvil arremete contra él y le deja la espalda escurrida vuelta jerga contra el piso.

El rostro desfigurado se levanta bajo de los mechones de pelo blanco. La cara del hombre, con los ojos hacia el cielo y el pánico inyectado. Su mano achacosa se incorpora en el aire oxidado y revolotea como ave que agoniza. El anillo de casado le pesa en el dedo como una mano en el pescuezo. Ese dedo flacucho y lleno de arrugas posee, sin embargo, la única fuerza que le queda a aquel hombre.

Se oye de pronto carraspeo, un gemido; por fin un auxilio muy quedo, etílico.

Los cabellos canos se tienden sobre el mechudo ceniciento de ojos húmedos y, cuando por fin el puente nasal toca el piso, sucede algo curioso: El perro se acerca al bulto huesudo que echa vapor como una máquina a punto de colapsar. El cuadrúpedo esquelético huele la muerte en el pellejo fugitivo enfundado en el saco roído; reconoce en él al autor de la patada que resiente en las costillas, mas el perro sólo es un perro callejero; no es fiel ni melancólico; no reconoce a la suerte. El hombre que yace en aquel dejavú ha salvado una vida y perdido la propia. El perro sólo acierta a levantar una pata, soltar un chisguete y proseguir su camino, como si cualquier cosa.

SB