Archivos por Etiqueta: literatura

“No hay mal que no se pueda curar con suficiente amor. Ninguna puerta que no se abra con suficiente amor. Ningún golfo que no pueda ser atravesado con suficiente amor. No hay muro que suficiente amor no pueda derribar, ni pecado que suficiente amor no pueda redimir. No hay diferencia en cuán profundamente asentada pueda estar la dificultad, qué tan desesperada sea la perspectiva o cuán embrollada parezca la confusión. Tampoco importa cuán grande sea el error. Una suficiente realización de amor lo disolverá todo. Y si pudieras amar lo suficiente, serías la persona más feliz y más poderosa del mundo.”

- Emmet Fox

Esta maravillosa cita de Emmet Fox la encontré en un libro de Louis Hay, llamado “El poder está dentro de ti”, si mal no recuerdo. Lo que recuerdo claramente era que en ese momento de mi vida, hará aproximadamente cuatro años, yo estaba pasando la dura crisis de una separación de la relación de pareja más importante que había tenido en mi vida. Estaba confundida, muy perdida pensando que si aquel a quien yo había amado tanto no era capaz de amarme de regreso, se debía a que yo no tenía lo necesario para que alguien me amara. Entonces di con varios libros, porque he de confesar que soy una persona que cuando tengo una problema, busco ayuda en mis amigos, y los libros son para mí los amigos más honestos y maravillosos, nunca me van a decir mentiras para hacerme sentir mejor, por el contrario, siempre me dicen la verdad pues no buscan quedar bien conmigo ni tampoco sienten piedad por los lectores.

En ese momento de mi vida padecía de muchísimo miedo, de pánico, y obviamente, de baja autoestima. Sintiendo todo esto, llegué al motor de búsqueda de la biblioteca e introduje mi palabra clave más presente en mi mente en ese momento “miedo” y los resultados arrojaron fueron muchos. Uno de los libros que apareció fue el de “Aunque tenga miedo, hágalo igual”, de Susan Jeffers, libro que recomiendo tremendamente para todo mundo, tenga miedo o no. Además todos tenemos miedo en algún momento de la vida, este libro deja mucha luz sobre cómo vivir el miedo. Otro libro que arrojó esta búsqueda, fue este de Louis Hay que menciono, un libro increíble que también me dio mucha luz para aprender a amarme a mí misma.

La cita que he colocado al inicio de Emmet Fox me conmovió tremendamente en ese momento de mi vida, pues toda mi perspectiva tanto del futuro, el presente y de mí misma, era completamente oscura, como todo lo que escribía entonces, poemas muy negros, oscuros, de pánico y dolor, o bien, cuentos de humor negro, de horror.

Las crisis nos fortalecen cuando las pasamos con amor. Las crisis que vivimos con miedo generalmente las contamos con dolor, nos acordamos con dolor, y si no aprendemos nada de ellas, no avanzamos y tendemos a repetirlas en el futuro.

Cuando encuentro en estas palabras de Emmet Fox que el amor es la clave de todo, hasta del poder y de la felicidad, entonces me queda claro que bastará con aprender a amarme. El amor es la clave de todo y es triste que muchas personas cuando encuentran en la literatura la palabra “amor”, creen que el texto es basura. Es triste que inclusive en nuestros lugares de trabajo no se puede mandar un mail en el que la palabra “amor” esté escrita, ya sea porque te toman por acosador, por tonto, por débil, o por ignorante.

Entonces encuentro que debo hablar sin usar la palabra vital. Me siento como un poeta intentando encontrarle un título al poema que resume la felicidad de vivir, porque uno sabe, como buen poeta, que un poema que en el título menciona la palabra central del poema, es un mal poema. 

Es un reto, entonces, hablar, sentir, vivir y expresar el amor sin usar la palabra amor. Mi hermano mayor, quien falleció hace dos años, tenía una sabiduría de vida y una sabiduría urbana como ninguno de mis otros hermanos incluyéndome a mí misma, y él no tenía reparo de hablar del amor. Me he dado cuenta de que en muchas situaciones de frustración cuando quiero encontrar una frase o una idea que me haga pensar un poco más positivamente, siempre me viene algún dicho que él solía decir (incluyendo su representación histriónica). 

En verdad creo que el amor derriba cualquier muro y endereza cualquier embrollo. El amor perdona… pero no el amor al prójimo, sino el amor a uno mismo. Yo no puedo lavarme el cerebro y autoconvencerme de que puedo amar al jefe abusivo o al vecino intolerante, así nada más porque sí… pero si pienso en amarme a mí misma, entonces me ocupo de mis emociones, me ocupo de lo que realmente me hace sentir bien y feliz… y el autocompadecerme, el lastimar a otros, el quejarme por todo, son acciones que no me hacen feliz, son acciones que parten del miedo y no del amor.

En fin, esta cita me ha dado mucha luz en la vida. Cuando estaba separándome y pensaba que nadie me iba a querer otra vez, me di cuenta de que el amor es inagotable y hay una fuente que nunca acaba y no proviene de las otras personas, proviene de mi interior. Yo soy capaz de amarme y de amar a quien me plazca. Lo más hermoso también ha sido reconocer que el amor de los demás hacia a mí no depende en absoluto de mí, sino de cada uno de ellos. Ahora entiendo porqué la canción dice “Love me or leave me”, es lo más honesto y congruente que he encontrado el pop en inglés y estoy aprendiendo  a tomarlo como filosofía de vida. Desde luego, lo más bello y energético que he encontrado en tomar esto como filosofía, es el hacerme responsable de mí misma, pues sabiendo que quien soy yo y las decisiones que tomo, me las debo todas a mí, entonces cuando alguien elige amarme en vez de irse, es porque ama todo aquello de lo que sé que sí soy responsable.  Es liberador, muy liberador, vivir de esta manera.

Sabinne

Al otro lado del muro de la cárcel hay unos pobres árboles, ennegrecidos por el hollín, que están ahora cubriéndose de brotes de un verde casi chillón. Sé perfectamente lo que les sucede: encuentran su expresión

Oscar Wilde, De Profundis, 1 de abril de 1897. Cartas a Robert Ross

Lunes 13 de diciembre de 2004

Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde
Hotel d’Alsace,
Rue Beax-Arts 13, París.

Estimado Oscar:

A veces creo que la poesía romántica te parece de lo más ridícula, pero la utilizas. Utilizas su ridiculez para vestir de infamia las cosas más tiernas. Engroteces bellamente a los seres más inmundos, al grado de humanizarlos a través del dolor y la humillación. Bajo la piel de tus escritos se trasluce tu postura frente a la vida; debo confesar que transpiran un humor delicioso.
Son, de tan crudos, sutiles. Nadie intuiría la literalidad de tus fantasías, pues tu poesía esconde con artificios el sonido hiriente de las palabras. Me pareces cruel, pero de lo más honesto, de lo más sincero; cruel con aquel que tenga alma sofisticada; tan transparente en tu obra como el papel cebolla de mi libro viejo. Ahí te veo y creo conocerte, y te tengo miedo.
Tu prosa no redime para la felicidad; no trabaja para sus personajes; está en función de tu propia voz. Te ríes del mundo entero a través del suplicio y la redención, y del suplicio nuevamente. Nos reímos todos de los infortunios de tus personajes y de los tuyos propios, pero nos miras al final como la muerte, eligiendo una vida; ahí estás tú, señalándonos. Al reírme de ti, me río de lo más triste de la existencia humana.
Te leo y siempre me queda en la mente la idea que camina y se instala en mi cerebro; luego baja hasta el estómago. Esa idea que se ríe desde mi interior cuando la comprendo en su forma interna, fría.

Así te comprendo, y percibo la soledad en la que estabas sumido, inalcanzable por la comprensión ajena, solo en ese lugar a donde nadie viaja sino por breves lapsos en que se saca a pasear a la imaginación, como un perro al que se le debe tener compasión. Sólo lapsos de insoportable realidad.
Ahí habitas; desde ahí miras el mundo, traduciéndolo en papel y palabras recogidas en la prosa elegante: variaciones de la vida y la fantasía, tan fantástica como la realidad más pura. Transformas el significado de la fealdad en el de la virtud del alma; logras que la belleza endurezca el corazón. Disculparás que no recuerde con claridad todas tus historias, pero me justifico con las sabias palabras de Joseph Conrad: “El llamado del el artista es más quedo, más profundo, menos claro, más conmovedor… (que el del científico y el pensador) y se olvida más pronto. Sin embargo su efecto perdura eternamente”. Por eso también reconozco que tu obra me ha cambiado de por vida.
La risa se burla del sufrimiento y, al reinos con ella, nos sufrimos en la inconsciencia. Nos miras desde tu esmoquin y nos ríes a carcajadas. Tú sabes bien que “en toda tragedia hay algo grotesco”. Es una verdadera lástima que hayas sido el artefacto de una mente escrupulosa y esto haya convertido a tu persona en algo bufo; pero eso sólo tú lo has considerado así y, debo agregar, la mayoría de la gente de habla inglesa que vivió en 1895. Nada tiene de grotesco que un poeta entregue el corazón con lealtad. Si te has mirado en el espejo del enano es porque encontraste la belleza en él.
De la mano más dolorosa escribo que ves la belleza en la lagartija y la fealdad en los niños. Tu mensaje queda al aire como para sintonizarlo en ese momento en que estamos de humor negro, para percatarnos de lo placentero del sufrimiento.
Tus epílogos siempre regresan al lugar incómodo del lector. Ladilla, ladilla inmunda; eres la comezón del alma que despierta la sensibilidad del intelecto. Siempre el castigo por sobre todas las cosas, como queriendo hacer alarde de la realidad en la que vivimos.
Para despedirme, sólo quiero reconocer tu más grande elocuencia y acertada crítica. Está derramada en todo lo que has escrito. Pero tu narrativa, esa sí es de mis favoritas cuando tengo ganas de llorar y sentirme tonta. Luego me siento culpable, por esperar que a los patanes les vaya bien en la vida, pero gracias, Oscar, por ponerlos a todos en el lugar que les corresponde: a los feos instalados en la tristeza, y a los hermosos en la inconsciencia. El mundo así es más real. Ya lo sé: estabas siendo sarcástico y por demás cínico pero, nuevamente, honesto. Yo también.
Agradezco que no me consideres amistad tuya, pues “por sus amistades puede juzgarse a un hombre”, y tú te avergüenzas de casi todos tus amigos.
Si recibieras a tiempo esta carta, sé que la harías trizas. Sin embargo, tendrías la amabilidad de, por lo menos, leerla y desecharla en el bote de basura. Después de todo, eres el hombre más educado que conozco.
No quiero confundirte con mi aberrante admiración y mi sentido incontrolable de conmiseración. Un espíritu extravagantemente sensible como es el tuyo debe sentirse de roca después de vivir un encierro tan injustificado y lleno de resentimiento. Dado que el arte consigue llegar a lo profundo, tus últimas cartas han nacido plenamente de ahí. No te quitaré más el poco tiempo que me queda, por lo cual me despido. Que tengas un descanso placentero y una paz oscura.

Toda mi admiración,
SB

Hace dos años y medio comencé a despertar de un largo sueño. Cada día al despertar en mi cama, acostada de lado con las piernas abrazadas, en posición fetal, un sentimiento me invadía. En realidad no me quería levantar. No quería salir de la cama. Tenía mucho miedo enfrentar el día a día, el sentimiento de no pertenencia, de no dirección, y sobre todo, un sentimiento de culpa. Culpa de no estar haciendo lo correcto, sea lo que fuera que eso era. Culpa de estar defraudando a mi marido, a mi familia, a mí misma, incluso a Dios.

Pero después de todo me levantaba todos los días, con un dolor en la garganta como un malestar crónico. Sacaba los dos pies de la cobija y me sentaba sobre el costado izquierdo de la cama -mi lado de la cama-, y en mi espalda sentía como si se me clavara la ira de mi marido, su decepción quizás.

Todo el día tenía mucho sueño, tomaba tanto café como para matar un elefante, y aun así seguía teniendo sueño todo el día. Me daba mucha hambre y comía comida rápida, pues aparentemente “no tenía tiempo” de cocinar. Trabajaba en la oficina de un amigo que me quedaba cerca de casa, cuesta arriba. Y por más que caminaba de ida y vuelta cuatro veces todos los días una distancia considerable por calles inclinadas, me mantenía excedida de peso, cosa que me hacía sentir muy mal conmigo misma.

No entendía porqué si no comía chocolates y cosas de la tienda, mi peso se mantenía excedido y yo me mantenía siempre cansada y desganada.

Pero después de todo, me decía, tenía un marido, una casa, un perro, un trabajo, una vida. Hasta el día en que mi marido me miró a la cara y me dijo que ya no estaba seguro de querer seguir conmigo. Ese día comencé a despertar.

Quise comentar esto al principio de este ensayo porque como dice la filosofía Zen, uno aprender lo nuevo partiendo de lo viejo.

Cuando me separé de mi ex marido comencé un largo camino, un proceso que sé que nunca va a terminar. Es un proceso hacia el despertar de mi conciencia. He estado adormecida por mucho tiempo y sé las consecuencias de despertar de pronto por que la vida es así, simplemente no nos permite estar siempre dormidos.

Fue mi decisión tomar la responsabilidad de mi vida, y aunque aun me falta un tramo para considerarme a mí misma como adulta, estoy disfrutando mucho mi infancia y adolescencia. Adolescencia, creo que ese es mi estado actual, porque estoy pasando por el dolor de los cambios hacia la adultez.

Al leer los primeros libros que hablan sobre los orígenes filosóficos de la Terapia Gestalt me sentí como enviada de nuevo a la preparatoria. Sobre todo con el libro de Los Dragones del Edén. Pero este libro me permitió darme cuenta que soy sólo un momento en este gran y eterno tiempo y que soy tan compleja y tan única por sólo ser un ser humano y estar aquí. Me permitió comenzar a despertar a la conciencia de mi soberbia. No sólo cómo raza humana, sino como yo misma. Soy soberbia, muy soberbia, y creo que esta es la lección que vine a aprender a la maestría, principalmente.

Lo primero que hice cuando comencé a despertar fue entrar en un estado de angustia constante, de pánico. Me enfermé físicamente. Me dieron ganas de vomitar sin poderlo hacer, inclusive me dio “un aire” o torzón en un costado que me hacía que me doliera el simple hecho de caminar y respirar. Pero como siempre me he considerado fuerte no pensé en dejarme tumbar. Pero no fue mi elección, la situación me rebasó de tal forma que no pude más y colapsé. Así que pedí ayuda. Mi familia me tendió la mano. En seguida comencé a ir a terapia en el CAPCI.

A la par en este proceso me invitaron a meditar en un Centro de Meditación Siddha Yoga. Y esto me ayudó mucho a poner en orden todo este rompecabezas de mí misma. Creo que me atendí muy bien, me di la ayuda que necesitaba en ese momento para “pasar el trance de la angustia” como diría Nasio sobre la histeria. Yo elegí no quedarme en la angustia, no guardar ningún sentimiento dañino dentro de mí. Elegí superar lo que fuera necesario para no volver a sentir el pánico y la falta de esperanza que me embargaron durante esos meses terribles de depresión, pánico y angustia.

Si tenía que superar algún miedo a la castración para no volverme una histérica, creo que este era el momento. No me puedo pasar pastillas, me da miedo, es un trauma de mi niñez. Estuve a punto de morir asfixiada con un caramelo y ahora cada vez que tengo que pasarme pastillas es un verdadero suplicio. Lo comento ahora porque me vino a la mente esto del miedo a la castración que es lo que causa la neurosis. Bien, creo que para superar cualquier miedo se necesita aceptar primero que la muerte no es lo peor que le puede ocurrir a uno. Es decir, perder el cuerpo o una parte de él no es lo peor que le puede pasar a una persona, lo pero que le puede pasar a una persona, yo lo sé bien, es seguir viviendo dormido para despertar un día con el pánico y la desesperación de haber dejado la vida pasar sin haber vivido.

Un libro que me marcó mucho fue el de La teoría existencialista de la personalidad, creo que porque uno de mis principales miedos es el del fracaso, el de no saber para qué vine aquí, cuál es mi misión en este mundo. Darle un sentido a mi vida. Creo que mi vida ha sido bastante existencialista o tiende a eso. Por eso cuando leí el libro de El hombre en busca de sentido, de Frankl, aun no terminé de comprenderlo del todo. Yo esperaba que este libro me diera la respuesta mágica, que me dijera para qué vine aquí, y no me dio respuestas. Me dejó como en este estado de existencialismo. Finalmente creo que sí soy muy soberbia y no me quiero arriesgar a aceptar que el sentido de mi vida me será revelado en su momento. No cuando yo quiera, sino cuando sea mi momento. No puede ser de otra manera.

Elegí estudiar la maestría por esta búsqueda de sentido de mi vida. Es un problema que vengo arrastrando y no he podido enfrentarlo de lleno. Creo que es porque estoy buscando las respuestas y no las soluciones. Quizás estoy haciendo mi práctica filosófica en vez de terapéutica.

Ahora bien, los libros sobre psicoanálisis, toda la teoría Freudiana me parece muy confusa. Creo que cuando llegué a la maestría venía con una idea muy simplista, porque así es como me lo enseñaron. Y la teoría de Freud es mucho más compleja y tiene mucha más explicaciones que “todo es sexo”. Lo que más he apreciado de estas teorías no es este referente a que todo tiene que ver con sexo, sino la forma en que él propuso que la psique del hombre se divide. A mí se me había ocurrido de niña que podía hablar conmigo misma, incluso escribir mi diario (el que llevo, no con mucha constancia, desde que tenía 8 años), y esta forma de “desdoblarme” me ayudó mucho a superar mi infancia que no fue fácil, en casa de un padre violento y una madre abusada. Entender que tenemos huellas, vaya, huellas mnémicas. También había tenido conocimiento de este tema en un curso de Semiología de la Vida Cotidiana, con el Dr. Alfonso Ruiz. Es impresionante cómo cada cosa se va uniendo en la vida para que podamos entendernos y despertar. Es como ir colocando estratégicamente despertadores que sonarán primero uno, luego el otro, luego otro más… hasta que por fin salgamos del sueño profundo y estemos bastante despiertos. Y así mismo pienso que uno mismo coloca esos despertadores antes de meterse a la cama.

En resumidas cuentas, creo que yo misma he ido buscando cada situación en mi vida para despertar. Conciente o inconcientemente.

Por eso cuando leí sobre la filosofía Zen sentí como si fuera un conocimiento que estaba oculto en mi interior y fuera recordando cosas, algunas como si las hubiera tenido almacenadas sin haberlas asimilado y ahora con estas lecturas las podía traer al frente y dejarlas hablar por sí solas.

Ha sido un cambio total de mentalidad. Ha sido un cambio radical de postura. Antes me dedicaba a echarle la culpa de todo al mundo, a la gente, a mi familia, a la suerte. Ahora sé que sólo es responsabilidad mía el decidir a dónde y cómo dirigirme. Saber que traumas en la vida son la cosa más común, pero cómo me enfrento a ellos, cómo los digiero, eso sí depende de mí misma.

Algo que me ha nutrido tremendamente y me ha quitado miedos ha sido el darme cuenta de que somos seres holísticos, completos. Que tenemos el ying-yang. Que somos hombre y mujer en uno mismo. Que depende de nosotros conciliar cada una de nuestras partes para vivirnos conciliados con el Todo. Yo tiendo mucho a pelearme entre mi lado femenino y el masculino. Creo que eso lo he aprendido por mi cultura familiar, los hombres tiene la voz, las mujeres deben ser sumisas y acatar lo que los hombres digan. Si un hombre no considera que yo valga, entonces automáticamente mi autoestima desciende. Este es un problema que sé que debo trabajar todavía en terapia, pero lo importante es que estoy CONCIENTE de ello. Entonces, volviendo a la parte masculina y femenina, a veces me siento más poderosa con mi parte masculina, y a mi parte femenina no la dejo actuar mucho, porque me siento tonta y sobajada. Y sin embargo sé que es mi parte femenina muchas veces la que escribe poesía, esa de la que tan orgullosa estoy. Sé que para expresarme completamente, para ser al 100% quien soy, con todos mis talentos, he de conciliar muy bien ambas partes, la femenina y la masculina.

Aquí es donde puedo mencionar El yo dividido. Justamente el no poder conciliar, unir mi totalidad como ser humano me convierte en un Yo dividido. Yo busco ser un ser completo, sin rupturas ni grietas. Unir mi lado espiritual y el emocional con el físico.

Cuando me separé de mi marido y comencé a tomar responsabilidad de mi vida a través de la terapia comencé a descubrir que había cosas que no hacía y que tenía muchas ganas de hacer desde hace mucho tiempo. Una fue practicar kick boxing. Me metí a clases y desde entonces no he dejado de practicarlo. Me hace sentir muy bien tanto física como emocionalmente. He de decir que bajé de peso y comencé a comer sanamente. Me hice una experta en ensaladas y platillos diferentes y exóticos en los que, haciendo uso de mi creatividad, mezclo diferentes sabores, verduras, aderezos, especias. Pasada la tormenta comencé a mirar mi espejo. Esto lo empecé a hacer sobre todo cuando fui a escribir mi cuarto paso. Y me comencé a ver como una mujer renovada, con la vida por delante. Muy saludable y más joven, más feliz y mucho más despierta. Inclusive mi forma de caminar cambió, mi postura física y, obviamente, también mi postura ante la vida. Cuando leí el libro de El cuerpo tiene sus razones, le di toda la razón: mi cuerpo tenía sus razones para estar en el estado en el que estaba. Mi cuerpo tuvo sus razones de sacarme de la jugada y tumbarme para que yo hiciera un alto y despertara.

Ahora mi cuerpo es más sensible, no, más bien YO soy más sensible a mi cuerpo. Le hago mucho más caso. Lo escucho y esto me llena de alegría. Haber descubierto en mi cuerpo a un aliado para mantenerme despierta es algo que siempre voy a valorar. Ahora, por ejemplo, siento que mi cuerpo de pronto se cansa, de pronto me vuelve a dar sueño en horas en que necesito mucha concentración. Y me pregunto si será que él me quiere decir algo, probablemente no quiero escuchar, probablemente estoy cansada del proceso que ha sido extenuante. Porque este proceso fue rápido, muy profundo y fuerte.

De pronto me enfermo y entiendo que cada enfermedad tiene un para qué. Así es que ahora cuando me enfermo analizo mi enfermedad y trato de sanarme internamente además de físicamente, porque yo sí creo firmemente en que toda enfermedad tiene un origen emocional, y curar los síntomas con medicina alópata no es curar la enfermedad. Ahí es donde actúo yo misma.

Para mí esto ha sido clarísimo a lo largo de todo mi proceso. Cuando me dieron los ataques de angustia pude sensibilizarme ante mi cuerpo, porque él era todo un grito. Yo no podía hacer nada por él más que rezar y dejar que todas las emociones que lo embargaban corrieran libres y salieran de alguna manera.

Hoy que me estoy preparando para ser terapeuta valoro mucho el trabajo que hizo mi terapuetia conmigo. Aprendí mucho de ella en terapia, una terapia que duró poco más de un año. El amor y el cuidado que ella puso en mí, tuvo sus frutos. Yo hice mi trabajo, yo elegí hacerme responsable de mí misma, pero definitivamente puse a mi ser en sus manos y ella con mucho amor me ayudó para que yo misma viera el camino.

Hoy que venía manejando hacia mi trabajo me preguntaba porqué valoro más las cosas materiales que el amor. Porqué a veces me siento ridícula pensando en que el amor es la respuesta de todo. Es triste, lo sé, porque es algo que a veces me invade y sé que es puro miedo. Miedo a romper mi máscara del ego y aceptar que para encontrar la felicidad total es necesario desapegarse. Cuando hacemos trabajo en la maestría y me doy cuenta que me siento amenazada, que tengo miedo, me da pena secretamente porque me siento insegura, siento que pierdo el control. Pero luego pienso que eso es justamente lo que necesito para avanzar en el proceso, perder el control y dar el salto al vacío. Porque eso es lo que hice justamente cuando perdí el control de mi vida, di el salto al vacío y hoy estoy mucho más despierta. Di un paso agigantado en mi vida. La persona gris que era hace tres años ya no volverá a asomarse, y en caso de que lo haga, no será tan fácil ignorarla, porque esa lección ya la asimilé. Ahora, sé que sólo fue un comienzo y que me falta un largo proceso. Pensar, por ejemplo, en Siddharta, me hace tener esperanzas sobre el sentido de mi vida y sobre este proceso. De pronto siento que yo no puedo ser ese ser especial, y entonces me doy cuenta que estoy negando lo divino que hay en mí. La filosofía Zen, el budismo y todas estas filosofías orientales que ven al ser interior divino me cuestan aun trabajo asimilar. Y es, creo yo, porque crecí pensando que Dios estaba en las nubes, fuera de mi alcance. Asimilar que yo soy parte de Dios como una gota es parte del océano, me parece complicadísimo de asimilar. Pero lo sé, racionalmente lo acepto. Creo que lo voy a asimilar a través de alguna experiencia, ya sea la meditación o alguna tumbada del caballo, que suele ser así la vida. Aunque el otro día leía en un libro de Melodi Beatty (52 semanas de contacto conciente) en donde menciona que aprender no tiene por qué ser especialmente doloroso, y creo que tiene razón. A veces llamar al aprendizaje con amor permite que venga sin tanto dolor, simplemente llamarlo, ya con llamarlo en vez de encontrarlo repentinamente, estar abierta a él, me permite aceptarlo y no sufrir tanto.

Bien, ahora no quiero echarle la culpa de mis huecos espirituales al haber crecido en occidente, porque incluso Tilar de Chardin fue capaz de entender a través de la filosofía occidental, toda esta cosmovisión integral que él planteó. Creo que la verdad está en todas partes. Hay buscadores en todo el mundo, y hay tantos caminos como buscadores.

Quisiera dejar de sentir miedo y de tener el control, y entonces recuerdo el libro de La sabiduría de la inseguridad y recuerdo que estas cosas son imposibles de evitar. Yo no tengo el control más que de la forma en que vivo las circunstancias (todas ellas fuera de mi control), y miedo no tengo razón en tener si puedo entender que todos somos parte de la misma cosa.

Lo más difícil para mí es estar conciente y no estar sana todavía. Porque ahora sé que no me puedo hacer la dormida, es como andar cargando un espejo. Ver mi reflejo me deja ver mis incongruencias. Eso de la proyección se me ha vuelto justamente un espejo. Y no me ha sido fácil aceptar que lo que me molesta de los otros es lo que no acepto de mí misma. Pero entiendo que tiene todo el sentido del mundo. Y vuelvo a ver en mis apuntes mentales y comprendo que aceptar mi lado oscuro es esencial para terminar con mi Yo dividido. Estoy en la búsqueda de la integración de mí Ser, de mi Conciencia.

Por eso estoy en la maestría, por eso medito, por eso trabajo, por eso canto, por eso escribo, por eso leo, por eso me angustio, por eso me tomo mis medicinas, por eso como sanamente, por eso atiendo a mi cuerpo que ahora es mi mejor amigo, el que me dice todo sobre mí misma.

Pero sigo perdida. Completamente perdida. No sé a dónde voy. Es la mera verdad. Cada día me despierto todavía con culpa y con angustia. No igual que antes, cuando me despertaba en una cama matrimonial al lado del hombre que algún día amé y que fue el centro de mi vida. Me despierto con esa angustia existencial de sentir que en verdad estoy dejando ir mis posibilidades sin exprimirme del todo. Creo que esta angustia de no ser perfecta es lo que me mantiene dividida internamente. No he aceptado todavía que soy Una.

Tengo que practicar más el amor a mí misma. Algún día leí que sólo se puede actuar desde dos posturas: desde el amor o desde el miedo. Y lo creo. Es como cuando Cristo dijo “estáis conmigo o estáis en mi contra”. Porque cuando yo actúo desde el miedo, estoy actuando de forma que daña a los demás y a mí misma. Cuando actúo desde el amor todo es para bien.

Aunque finalmente creo que todo es para bien, porque a veces no hay de otra más que actuar desde el miedo. Vaya, por ejemplo la histeria. Es justamente actuar desde el miedo. Actuar desde el amor sería una aceptación total, una asimilación. Así que la histeria sería una “solución” emprendida desde la base del miedo y no del amor.

Aunque la finalidad siempre es la misma: encontrar la felicidad, ir hacia el lugar donde me siento cómoda y feliz. Es triste que justamente una “solución” nos lleve a padecer un dolor por mucho tiempo, enquistado y adormecido.

Algo que me gustaría mucho mencionar sobre el libro de Guru es que justamente yo estaba viviendo una experiencia espiritual al acercarme a Siddha Yoga cuando leí este libro. En Siddha Yoga la Guru o maestra espiritual se llama Gurumayi Chidvilasananda, alguien de quien he leído algunos libros y su filosofía me ha maravillado. Sin embargo nunca me sentí identificada con ella como Guru. Es interesante porque esto ha sido lo que finalmente me hizo dejar ese camino espiritual para seguir en la búsqueda de otro que me llene. Algo que me fascinó de haber estado en contacto con la filosofía Siddha Yoga fue el haber tenido acceso a muchos libros y música, a la meditación y a las clases y cursos espirituales. A la convivencia con la comunidad, y sobre todo, al contacto conmigo misma. Y también el haber estado en contacto con Baba Muktananda. Él es un Guru que ya trascendió, así que físicamente nunca le conocí, pero lo conocí a través de sus libros y de la meditación. Algo que él menciona en uno de sus libros es que el camino espiritual de cada ser humano es único y no está limitado a nada ni a nadie, a ninguna religión o postura filosófica, a ninguna práctica espiritual. Uno hace lo que necesita para lograr encontrarse con la Verdad, su Ser Interior. Uno hace lo que tiene que hacer para despertar a la Conciencia. Así que finalmente yo considero a todo lo que he hecho en mi vida, mi camino espiritual.

Incluyendo, desde luego, la maestría y todo lo que ella conlleva. Yo quisiera que justamente el realizar esta maestría me lleve más cerca del despertar de mi conciencia. Porque si voy a ver al terapeuta como un Guru moderno, entonces tengo que verme a mí misma como una buscadora del despertar espiritual. Y despertar para poder ayudar a otros a despertar. Recorrer primero el camino para poder decirles a otros sobre cómo yo viví el camino. Sino es ser un ciego guiando a otros.

Así pues, hoy me levanto del lado derecho de mi cama, muchas veces no me quiero levantar. Casi siempre llego tarde a mi trabajo y sé que estoy falta de motivación en muchos aspectos de mi vida. Pero sé que esto es sólo un proceso. Estoy conciente de esto y soy responsable por ello. Sé que lo que quiera lograr en la vida, depende de mí. Que no puedo controlar nada, pero que no es necesario porque finalmente todo se acomoda según un plan más grande que todos nosotros. Digamos que ya no estoy angustiada. Tengo miedo, eso definitivamente, pero procuro actuar más desde el amor y por eso sigo impulsándome, sigo haciendo cosas por mí, para estar bien. Sé que siempre se puede estar mejor. Y cuando me duele algo, le pongo atención. Estoy buscando la pérdida del control y la ruptura de la máscara. Tengo mucho miedo a eso, pero sé que es como pasarme una pastilla. Todo está en orden para que ocurra y sólo debo alinearme con las circunstancias y dejar que fluya.

Quiero estar tan llena y completa que pueda ayudar a otros. Quiero poder estar al servicio de los demás, ser una vasija dispuesta a llenarse de amor para verterlo en los demás.

19 de junio de 2007 / ensayo integrador / Principios Filosóficos de la Terapia Gestatl / Maestría en Psicoterapia Gestalt / INTEGRO / por Sabinne

Bibliografía

Inicio>

Un perro es un perro:

Perro nace, perro muere,

Perro muerde, perro ladra,

No habla por sus amigos,

No confiere privilegios de sus obras

Anda a cuatro patas,

Y estorba lo menos,

Cuando estorba.

Un perro es sólo un perro;

Apesta y lastima de vergüenza,

Se postra destripado por las calles,

No se oculta si defeca o chisguetea.

Lame lo mismo que muerde

Y la cola mueve si le apetece.

Un perro es sólo un perro, digo

Que no habla porque no quiere,

No trabaja porque no vive para ello,

No elucubra ni se pierde,

Es feliz, nada le falta.

De perro se me toma cuando

Duermo desbocado bajo el farol sin vergüenza,

Pero el perro es perro,

Y yo, ni perro ni no perro,

Pena, pienso, me penetra entero,

La columna tuerza y encorvada,

Ando sin garrapata y sin empleo;

Es esto de la sábana, la muela,

El callejón resbaladizo,

Que me mira acuclillado frente al charco:

No perro, ¡ni perro!

Un perro

es sólo un perro que camina siguiendo su nariz

Y es sabio con la cola levantada;

Carezco de sabiduría urbana

Me vivo en esta calle emperrunada;

Nada poseo que no sea mi no ser;

Nada más seguro que mis deudas,

Si el perro hablara

¡qué triste sería escucharle tantas libertades!

Y yo aquí tras mi baranda,

Aullándole al dolor que me rebasa,

Bajándome la calle a cuatro patas.

MB

2005, del Libro de las Transformaciones

11 – 12 junio 2007

Ayer pensaba que un océano inmóvil debe causar mucha angustia.
Imagínate parada en un acantilado frente a la inmensidad de un océano que no se mueve.
Recordé cómo me quedé paralizada frente al océano, frente al valor, a la fuerza y a todos sus recursos. Como incrédula. Así se siente la soledad con perturbadora claridad. Ni un sonido que avise de la vida o la muerte. Ni un aroma que emerja entre las grietas para decir que ya viene creciendo la hierva, nada que asome la cabeza bajo el agua. Y sin embargo, todo este mar tan quieto y lleno de vida es para morirse de miedo, ver tanta oscuridad concentrada en una superficie líquida. Es para paralizarse de esperanza. Cuando diste la espalda y regresaste a algo más terrenal me comporté como un fantasma. Me moví por fin ahora que no me veías. Tu espalda se enteró de mis movimientos, pero tuviste tanto miedo de mirar que preferiste dejarme hacer yo sola, y sola estoy haciendo.
Ahora, este océano es organismo vivo que sube, se estrecha, se eleva, se destroza y se alcanza en una expansión nueva y sin límite o frontera. Veo aletas y trompetas, espadas y acróbatas. Veo ojos y tentáculos. Y siento la corriente cálida de mi propia imaginación. Estoy en el borde, así parada, de la caída, ese salto del ángel a la tierra. Y me miento cuando me digo que no tengo más nada que dos pies y una boca, me miento porque tengo el ingenio para hacerlo -el talento, la magia y eso que no se nombra y que todos conocemos son cosa aparte-.
Es un anónimo grito de libertad. Yo brinqué la barda sin permiso, caí y rompí en tres partes el costado, la clavícula y el alma.
El de tres puestos es un mar inmenso, el de tres costados es una isla y el de compasión es tan sólo un mendigo que no sabe hacer más que estirar la mano y meterla a la boca.
Así es como el hombre y la mujer se yerguen. Así es como la mujer se desploma. Así es como el hombre se hace pájaro y acantilado. Y aquí entre las costumbres incrustadas en la tierra mansa, las alas abiertas, la barbilla inclinada, elevo en un acto de idiotez todas mis veces de indecisión que me llevaron por la ruta de la inmersión.
Aquí estoy tan sola y tan conmigo que me siento bien completa. Siento que no cabe más nadie en mi mundo.

SB

Publicado en El Bozal
Parte de la colección de narrativa queretana del Fondo Editorial de Querétaro

El mazo estaba todo embadurnado de sangre. Malaquías en el rincón estaba muerto de la risa. Se tomaba todo el cuerpo entre los brazos y temblaba convulsivamente como de frío. Irina en el piso. Sus ojos fijos en el goteo que le pendía de la sien. Escuchaba cada gota al golpear en el piso como si fuera un paso dentro de un pasillo desierto y estrecho.

Cuando Esteban abrió la puerta del sótano y vió a Malaquías lo regañó por dejar aquel lugar hecho un desmadre:

­–Si vas a hacer tus cochinadas, por lo menos limpia.

Le dijo. Pero Malaquías seguía tronado de risa y no escuchaba nada. Malaquías observaba. Malaquías murmuraba. Malaquías babeaba como un perro. Irina observaba. Irina se levantaba por el pasillo desierto de su mente. Irina daba pasos de tacón alto por el pasillo húmedo. Irina se iba. Irina se enfriaba.

La sangre dejó de gotear al secarse en una moronga mezclada con piel y cabellos. Malaquías se quedó dormido, abrazándose las costillas. Esteban tomaba fotografías. Cuando Malaquías despertó entumido con sus costillas marcadas en los brazos, se acercó hasta Irina. No la abrazó, no la levantó, no la besó como solía hacer. Él la amaba con tal locura… así que tomó la moronga de su frente arrancándole algunos cabellos embarrados, la llevó a su boca y se dedicó a limpiar aquel cuchitril.

MB

Te vi tan siniestro

como el amor que acecha al que no está listo,

como una mano izquierda…

SB

De “El libro de las transformaciones”

El estado de las cosas no existe; es un instante que pasa y no se repite. Ni siquiera la memoria lo retiene, porque los recuerdos son cambiantes; se miran a través de la mente, en transformación, en constante sometimiento al tiempo y al vacío.

Los recuerdos no existen. Son formas de la bruma que no nos remiten a la realidad, sino al deseo.

Porque la realidad es tan subjetiva de manera kantiana, y tan ingrata de manera religiosa.

El estado natural de las cosas es intocable, inapreciable, inmarcesible. Nunca ha existido nada en completa y perfecta estática; de ahí la belleza: del sometimiento de las cosas al cambio. La mente se perfecciona con el tiempo.

Los pedazos del mundo que la mente retiene no alcanzan para completarlo; en algunos casos porque no podemos mantener los recuerdos completos y, por otro lado, está el hecho de no conocerlo todo.

La mente trabaja como una matriz tridimensional en la creación del recuerdo. Por un lado está el lugar, por otro el tiempo, y por un tercero, nuestra percepción, ubicada en el momento en que se vive y después revive: el encuentro con la realidad.

Para olvidar se necesita deshacer la realidad, nuestra realidad. Formar el recuerdo y después olvidarlo es un acto de compasión. Es una eutanasia de la vida.

Te poseo en el recuerdo; el recuerdo me posee. Nos despojamos del tiempo y nos reencontramos con la soledad de la memoria estrecha de la vejez. La vida se acaba así, en el olvido. Mas las marcas hechas en el alma nunca se borran. No recordar los adioses no nos exime de la tristeza que nos dejan, ni la felicidad que carga el alma equivale a recordar aquello que la provocó. El amor no es un recuerdo, sino una estancia en el tiempo, constante y electiva. No está sometido, porque es infinito como el alma. No se recuerda; se vive.

Desmembrar los instantes nos devuelve al átomo, a la energía que radica en el único vacío existente, indivisible y permanente. El olvido vive ahí; es un recuerdo que regresa al origen de las cosas, cuando aún no existían, cuando aún no explotaba el universo ni se transformaba en tiempo.

La intuición de la conciencia, su pecado original, florece al unirse el alma al átomo. Se mezcla lo eterno con lo efímero, y se crea la realidad. Los recuerdos sólo son un átomo perfecto que se presta al alma para vivirse en la materialidad.

Los recuerdos, se puede decir entonces, son átomos. Partículas indivisibles, intocables, invisibles. Nuestra mente los magnifica para que podamos mirarlos como en un telescopio que deforma la realidad por la distancia. Ellos, como las estrellas, pueden haberse extinguido hace mucho tiempo, pero su luz, aunque incompleta, nos sigue llegando.

Los recuerdos no sirven para nada, desde la perspectiva de la eternidad: son desechables; se usan en esta corta vida y se eliminan. El olvido es la acción de reciclar el tiempo que cabe en poca medida dentro de nuestra materialidad.

¿Acaso el hecho de no recordar borra el pasado? Debido a que el pasado no existe como materia en ningún lugar tangible, no se puede borrar. La que se queda grabada es la percepción del presente, para todos diferente. Olvidar consiste en eliminar aquello que se desea regrabar, aquello de lo que se guarda el anhelo de vivir otra vez a manera de segunda oportunidad.

Somos lo que recordamos, y elegimos disfrutar o sufrir un recuerdo, rebobinando el tiempo —lo cual nos revela nuestro poder más allá de este mundo—, y nos entregamos a la ficción, que es lo único que queda al final de una vida.

La belleza, en este proceso, es inmensurable, porque el alma se queda con la experiencia, sin la necesidad de guardar el recuerdo; ése no nos sirve: la energía que generó la realidad en su momento se queda para siempre con nosotros.

Así, la unión del alma al átomo funciona para generar energía, y los recuerdos son pequeños regalos de viaje (suvenires); el olvido es la manera que tiene el alma de cargar menos equipaje.

MB

29 noviembre 2006

Se mira que es lunes.

Se atropellan los miedos de oscura soledad

Que deja el agitado movimiento del final

De la semana

Agobio deja el descanso cuando acaba.

Ya me anda por el martes,

Lunes miro bajo el agua,

Me floto en el solitario medio acuoso del abandono;

Retiro a fuerzas;

Meditación obligada.

No me prenden los motores,

No me marcha la cabeza…

Mi cerebro ahogado de laberintos no explorados,

Miente cansancio;

Miente abrumo;

Miente aburrimiento;

Miento inconsistencia.

Contraluz de la mañana,

En la sombra contemplo el apagado

Medio día;

Ignoro muy adrede la humedad caliente del despertar de una semana.

No me pesa comenzar, como comenzar en soledad.

Ya nada es tan calmo como cuando miro hacia adentro;

Ahí remato horas y acumulo impuestos mentales
que no puedo pagar.

Ahí me recojo a sonreírle a mi reflejo,
a mi no-yo, que es más yo que YO.

Ahí hago dieta de amistades y conciencia.

Se mira que es lunes…

Divago en lo más peligroso:

Lunes, me lleva a la extracción en mi interior.

No le temo al trabajo;

Sólo a ser de fantasma

–Atrapado en duermevela–,

De quienes transitan

las primeras horas de la semana.

Minucz Vzeeím

25 julio 2005

Todos se han ido a su soledad, acompañados:

Se fue la mujer envuelta en la mañana,

El hombre enjuto en su perfume;

Con el sol y los pitidos, los gritos y el silbato.

Encontró tus ojos el infame amigo,

Y contigo se fueron las horas, el olvido.

A su casa sola y única

Se han ido,

Las ventanas y los techos, las columnas, los cerrojos.

Se fueron a sus tumbas los adoloridos huesos;

Los amigos compartidos con sus medios mundos

Se fueron alejando del sendero.

Y sólo, aquí, me quedo;

Ahorcado entre mis brazos apretados;

El silencio es uno, y está conmigo;

Allá a donde todos se han ido acompañados,

Se olvidaron de llevarse los dolores,

Las penas, los rosarios;

Las culpas, el goce y los sentidos.

Mínucz Vzeeím