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Ama a todos. Permíteles ser lo que son. Sabe que la verdad está siempre dentro de ellos y que pueden cambiar en el momento que quieran.,… incluso, antes que tú mismo.

Este pensamiento lo tomé prestado de Joseph Campell y me fue de gran ayuda en un momento durísimo de mi vida, por eso lo incluyo como pare de esta historia de vida, al igual que muchas otras frases de libros que iré incluyendo porque me han dejado marcada, me han cambiado para siempre… Son como tatuajes imborrables.

Sabinne

You can complain because roses have thorns. Or you can rejoice that thorns have roses.

- Ziggy

The secrets of positive people

Positive people tend to have many similar characteristics, such as respecting everyone’s contribution to a project and knowing during hard times that things will get better. They have the power to make that change happen, an understanding that their attitudes can directly affect outcomes, and a commitment to increasing positive thoughts and diminishing negative ones. Are you putting effort towards becoming a more positive person?
Avoid complaining when things are turning sour, realize that the negatives and the positives in life will level out, and take responsibility for your life and actions. You are the only person responsible for your attitude–and your life.

2 de marzo de 2008

Encontré esta cita en una Web Site que se llama SparkPeople, y esto me hizo reflexionar mucho en lo que alguien me dijo alguna vez….

Me dijeron que amándome a mí misma, me amarían los demás.

Lo creí y me dediqué a mejorar mi autoestima, a realizar proyectos y sueños, pero me di cuenta a altas horas de la noche que estaba sola y no había nadie con quien compartir lo que soy.

¿Qué faltó en la ecuación? Soy una mujer considerablemente hermosa (sin afán de ser ególatra), soy inteligente y talentosa, ¿qué hay de malo en mí?, ¿porqué no hay nadie que quiera estar conmigo en las buenas y en las malas?, ¿qué estoy haciendo mal?

Quizás no me he amado demasiado, quizás es mi autoestima, pero entonces que alguien me diga cómo funciona. ¿Hay algún código secreto que la gente lee cuando uno tiene baja autoestima?

O simplemente hay quienes nacieron para amar y hay quienes nacimos para estar solos y brillar como estrellas fugaces, sin compañía alguna, volando veloces por el universo, irradiando luz sin tener un punto de descanso.

Pensaba en eso y me di cuenta de que tiendo a malinterpretar a mi mente. Recordando el libro de la Comunicación no violenta (CNV), recordé que muchas veces puedo estarme comunicando violentamente conmigo misma, y creo que eso es lo que he estado haciendo últimamente, creyendo todo por el lado negativo de lo que mi mente bien intencionada me dice. Porque mi mente no es mi enemiga, ella quiere ayudar, pero muchas veces es sólo un mensaje que yo mal interpreto. Cuando mi mente me dice “tú no tienes eso”, no es para que yo empiece a envidiarlo, sino para que yo piense que si lo quiero lo puedo tener, existe y es hermoso, y si en verdad lo busco, lo puedo alcanzar.

Llegué a esta conclusión esta noche en que me sentía verdaderamente mal porque reflexionaba los fracasos amorosos que he tenido a lo largo de mi no tan larga vida. Lo mucho que deseaba que“esa fuera la real, la que dura y la que tiene todo para ser perfecta”, y una y otra vez resultaba que “yo no era suficiente” . Me sentía verdaderamente herida, al grado de no querer volver a enamorarme nunca más. Pues qué caso tendría si después de todo yo aun no había encontrado el gran defecto que poseo que hace que todos corran al momento de asomarse un poco más.

En realidad creo que todos tenemos miles de defectos y yo no creo poseer el que me prive de tener relaciones exitosas. Tampoco creo ser muy poca cosa. Por el contrario, creo que realmente soy una mujer excepcional. Quizás soy un gran reto para el sexo opuesto. Puede ser. Pero como Marshall dice en su libro de la CNV, realmente todos vamos en la vida con miedos, intentamos estar bien y seguros, nadie quiere realmente lastimar a los demás, yo sé que nunca he tenido la intención de lastimar a nadie, pero lo he hecho, muchas veces ignorándolo.

La conclusión a la que llego es que cada quien elige cómo vivir las circunstancias que la vida le presenta. Yo elijo vivir agradecida por todo lo que Dios me ha dado, seguir en la lucha por amarme más cada día, recordar a Dios todos los días, llevarlo en mi corazón y en mi mente, tratar de no sentir vergüenza por mis sentimientos, sino estar en contacto con ellos cada vez más, para conocerme más y amarme más. Si no estoy lista aun para amar, para entregarme, porque aun no he logrado perdonar, está bien. El perdón es algo en lo que puedo seguir trabajando hasta que pueda volver a amar sin miedo.

Y estar consciente de que nunca estoy sola, que Dios siempre está conmigo. Eso es algo que tiendo a olvidar con gran facilidad, así es que es un deporte que tengo que practicar más frecuentemente que las abdominales.

El problema no son mis relaciones, sino en lo que he puesto mi felicidad.

Me doy cuenta de que estoy poniendo mi felicidad en el hecho de ser amada o no, de ser admirada o no, de ir hacia afuera en vez de buscar en mi interior, de hacer muchas cosas, en vez de ser simplemente yo. Me doy cuenta…Pero de nada sirve que lo entienda, porque mi corazón sigue gritando por amor y por admiración, por aceptación, por todo eso que no he logrado tener por ser simplemente ser yo.

Señor, tú eres el único que me puede ayudar a encontrar el camino, eres el único que me puede guiar para encontrar la paz. Te pido, Señor, que me guíes.

Por ahora, Señor, te agradezco que me das este conocimiento. Te pido que siempre estés presente en mi mente, que te lleve siempre en mi corazón, me abandono en Ti. Tú eres quien todo lo contiene, eres capaz de lo “imposible”, tú me amas. Me entrego en tu voluntad por completo.

SB

De “El libro de las transformaciones”

El estado de las cosas no existe; es un instante que pasa y no se repite. Ni siquiera la memoria lo retiene, porque los recuerdos son cambiantes; se miran a través de la mente, en transformación, en constante sometimiento al tiempo y al vacío.

Los recuerdos no existen. Son formas de la bruma que no nos remiten a la realidad, sino al deseo.

Porque la realidad es tan subjetiva de manera kantiana, y tan ingrata de manera religiosa.

El estado natural de las cosas es intocable, inapreciable, inmarcesible. Nunca ha existido nada en completa y perfecta estática; de ahí la belleza: del sometimiento de las cosas al cambio. La mente se perfecciona con el tiempo.

Los pedazos del mundo que la mente retiene no alcanzan para completarlo; en algunos casos porque no podemos mantener los recuerdos completos y, por otro lado, está el hecho de no conocerlo todo.

La mente trabaja como una matriz tridimensional en la creación del recuerdo. Por un lado está el lugar, por otro el tiempo, y por un tercero, nuestra percepción, ubicada en el momento en que se vive y después revive: el encuentro con la realidad.

Para olvidar se necesita deshacer la realidad, nuestra realidad. Formar el recuerdo y después olvidarlo es un acto de compasión. Es una eutanasia de la vida.

Te poseo en el recuerdo; el recuerdo me posee. Nos despojamos del tiempo y nos reencontramos con la soledad de la memoria estrecha de la vejez. La vida se acaba así, en el olvido. Mas las marcas hechas en el alma nunca se borran. No recordar los adioses no nos exime de la tristeza que nos dejan, ni la felicidad que carga el alma equivale a recordar aquello que la provocó. El amor no es un recuerdo, sino una estancia en el tiempo, constante y electiva. No está sometido, porque es infinito como el alma. No se recuerda; se vive.

Desmembrar los instantes nos devuelve al átomo, a la energía que radica en el único vacío existente, indivisible y permanente. El olvido vive ahí; es un recuerdo que regresa al origen de las cosas, cuando aún no existían, cuando aún no explotaba el universo ni se transformaba en tiempo.

La intuición de la conciencia, su pecado original, florece al unirse el alma al átomo. Se mezcla lo eterno con lo efímero, y se crea la realidad. Los recuerdos sólo son un átomo perfecto que se presta al alma para vivirse en la materialidad.

Los recuerdos, se puede decir entonces, son átomos. Partículas indivisibles, intocables, invisibles. Nuestra mente los magnifica para que podamos mirarlos como en un telescopio que deforma la realidad por la distancia. Ellos, como las estrellas, pueden haberse extinguido hace mucho tiempo, pero su luz, aunque incompleta, nos sigue llegando.

Los recuerdos no sirven para nada, desde la perspectiva de la eternidad: son desechables; se usan en esta corta vida y se eliminan. El olvido es la acción de reciclar el tiempo que cabe en poca medida dentro de nuestra materialidad.

¿Acaso el hecho de no recordar borra el pasado? Debido a que el pasado no existe como materia en ningún lugar tangible, no se puede borrar. La que se queda grabada es la percepción del presente, para todos diferente. Olvidar consiste en eliminar aquello que se desea regrabar, aquello de lo que se guarda el anhelo de vivir otra vez a manera de segunda oportunidad.

Somos lo que recordamos, y elegimos disfrutar o sufrir un recuerdo, rebobinando el tiempo —lo cual nos revela nuestro poder más allá de este mundo—, y nos entregamos a la ficción, que es lo único que queda al final de una vida.

La belleza, en este proceso, es inmensurable, porque el alma se queda con la experiencia, sin la necesidad de guardar el recuerdo; ése no nos sirve: la energía que generó la realidad en su momento se queda para siempre con nosotros.

Así, la unión del alma al átomo funciona para generar energía, y los recuerdos son pequeños regalos de viaje (suvenires); el olvido es la manera que tiene el alma de cargar menos equipaje.

MB

18 de junio 2007

 

 

He estado tan perseguida por el perro de la inseguridad y he dado tantas vueltas por este callejón sin salida del fracaso, que me he vuelto una experta en buscarle una solución, en brincarme la barda para no ser alcanzada, en encontrar una rendija por dónde colarme y salir de aquí para encontrarme de nuevo en la calle fluida de la vida.

He estado ya tanto tiempo corriendo con el miedo en los talones que en verdad estoy en buena forma para seguir corriendo, cada vez corro más rápido, y este es un miedo aún mayor, el volverme tan buena en huir que jamás enfrente el problema.

 

Así que hoy me detuve, dejé de correr, miré atrás y lo vi de frente con sus dos ojos rojos llenos de amargura. ¿Qué pasa si hago esto en mi vida y no en un sueño? ¿El perro me morderá y me pasará la rabia? ¿El fracaso me empapara y me marcará para toda la vida?

 

Creo que es momento de levantarle la voz a este animal y pararlo en seco, amaestrarlo y ponerlo a mi servicio. No hay un perro suficientemente grande para que me pueda matar, el miedo siempre es más grande que la cosa que lo causa. Así que hoy respiro hondo y me propongo desandar los pasos a sabiendas de que el perro seguramente intentará defenderse, pero yo no voy a darle oportunidad.

 

¿Para qué soy buena? ¿Acaso es importante? Si mi miedo me ha dicho todo el tiempo que soy buena para nada, entonces no importa lo que haga, igual me va a salir mal. Comencemos por ahí. Haré lo que sea pensando que de cualquier forma da igual lo que haga. Pero creo que es una buena forma de comenzar.

 

¿Qué es lo que me gusta? Miles de cosas, el elegir sólo una no me privará de hacer las demás, sólo haré una a la vez.

 

¿Qué esperan los demás de mí? Que tenga éxito y que sea feliz. Cosas imposibles de lograr mientras intente complacer a los demás. Es una paradoja, porque intentando complacer a los demás, ellos quieren que yo tenga éxito y sea feliz, pero mi felicidad y mi éxito son definiciones diferentes a las que tienen cada uno de mis seres queridos… así que si intento complacerlos, no seré feliz ni tendré éxito, por lo que no los complaceré. Y si intento ser feliz y tener éxito de acuerdo a mis propios términos, muy probablemente ellos difieran de mi definición de felicidad y éxito, y no los habré complacido de cualquier manera. Entonces, si de cualquier forma esta es una empresa perdida, para qué esforzarme en complacer a nadie.

 

¿Por dónde empiezo? Por aceptar mi lado oscuro. Es cierto que la culpa es el mejor aliado del miedo, y el peor enemigo de la felicidad. Así que aceptar que soy humana, que tengo miedo, que no soy perfecta, que no soy la mejor ni la más talentosa porque siempre hay alguien más y hay alguien menos, que también soy iracunda e impaciente, que soy desesperada y falta de concentración, que me falta disciplina, que soy muchas veces malagradecida y confiada, que estoy buscando el éxito a través de otras personas en vez de enfrentar mi miedo y vivirlo por mí misma, que hace años que no me confieso ni voy a misa, que he perdido terreno en mi camino espiritual, que pierdo mucho la voz interna de mí misma. QUE NO CREO EN MÍ MISMA. Creo que este último defecto es el más grande de todos.

Bueno, ahí está. Este es mi lado oscuro. Que a veces uso a la gente, que me choca no sentirme admirada ni amada, que baso mi valía personal en lo que los demás piensan de mí, inclusive en las mismas circunstancias. Que esto se ha vuelto mi Dios, pues yo les he otorgado a los demás el poder de afectar mi felicidad, mi auto concepto y mi amor propio.

 

La buena noticia es que todo tiene solución. Basta que ponga en orden todo este desmadre que traigo en la cabeza y que acepte que yo sola no puedo, que necesito de un poder superior porque de plano a mí se me sale de las manos. Rendirme. Justo ahora que tengo más miedo, rendirme. Esa es la solución.

 

Dejar de lado el ego y la soberbia y aceptar la guía de alguien más. Aunque sea por un periodo de tiempo en lo que aprendo a volar. Creo que este es un buen paso, el primero: ser humilde.

 

Humildad para aceptar que no tengo todas las respuestas. Que no soy la mejor ni la peor. Que tengo mucho talento, pero que eso no le quita ni le pone nada a mi Ser interior. Que se puede aprender de todos los seres humanos. Que no soy perfecta. Que todo lo que haga puede tener éxito y puede no tenerlo. Que no tiene por qué amarme toda la gente. Que el que otros me amen o no, no depende de mí. Que no soy la mejor en todo lo que emprenda. Que no puedo ser perfecta cuando no he comenzado ni el camino de pulir este diamante en bruto. Pero sobre todo, ser humilde para aceptar que todos mis talentos y cualidades no valen nada junto a lo que vale mi Ser, mi corazón, mis sentimientos y todo el amor que siento y que me he esforzado en ocultar, construyendo una muralla alrededor de mis emociones.

Humildad para aceptar que el camino no lo puedo ver yo sola, que es Dios quien me lo puede mostrar. Humildad para aceptar que lo que me mantiene viva en este mundo es el amor, las oraciones de mi madre, el cariño de mis amigos, el amor a mí misma, Dios. No el ser talentosa, hermosa, inteligente, intensa, diferente, sensual, etc. Esas son cosas pasajeras y definitivamente relativas.

 

Y aceptar que el tiempo es relativo también. Que hoy puedo tener 31 años y pensar que ya no tengo tiempo. Pensar entonces en mi amiga de 23 años a quien le acaban de detectar cáncer… el tiempo es relativo. Y la única barrera que tengo no es el tiempo, sino yo misma, al ponerme jaulas mentales. Pero como son límites impuestos por mí misma, también son límites que yo misma puedo derribar.

MB

Qué distinta se ve la vida siendo hormiga, sobre este popote

 

Bajé dos kilos y ando con un junky fabuloso que es un genio y ama la vida. Me angustia que él no me quiera porque no sé ser yo misma, y me da tanto miedo que no me quiero enamorar, cosa inevitable a esta altura del partido.

No sé si fue la mota, el vino tinto o tanto sexo que perdí dos kilos en una semana. Y es que ayer estaba ilusionada con la novedad de un hombre perfecto y hoy estoy muerta de miedo con la mala leche de mis amigos sobre la fama de mujeriego y junky que persigue a mi peoresnada.

 

No te quejes con nadie. Quedamos que ahora íbamos a hacer las cosas diferente. Si todo lo que he venido haciendo ha sido pura estupidez, ya es hora de hacer algo que difiera, algo acertado, para variar. Así que aunque mi junky no me llame, pueda estar ahogado de borracho, perdido en un viaje, o cogiéndose a otra vieja, no me voy a angustiar.

 

Mejor llamo a mi amigo el Molotov, bueno, no es exactamente mi amigo, pero me ha echado la mano, así que diré que es cuate de esos que aparecen por azares del destino en medio de la tragedia. Como si uno necesitara cambiar de suertes para que la gente a mi alrededor no pierda el interés en mi autocompasividiad.

 

Le llamé al Molotov y me enteré que me dio un número que no existe, así que la vuelta de tuerca no será por ese número. Ya me harté de escuchar las rolas de mi hermano, el beatlemaniaco que falleció hace un año. Ya me harté de que todo lo que escucho le pertenece a alguien más.

A veces necesito que el mundo gire para mí, aprender que eso no es real sólo me ha llevado a darme de topes contra la cobija. Ahí voy a revolcarme otra vez en los brazos de mi junky, ahí voy otra vez a arriesgarme porque necesito sentirme viva, me encanta la adrenalina que precede a la catástrofe. Me encanta la catástrofe porque no me deja pensar más que en el momento que tengo en la garganta, pero cuando la catástrofe pasa, me quedo completamente vacía, como un globo desinflando apestando a quién sabe qué saliva.

 

Amo a un junky, amo su forma de enfrentar el miedo a la vida con juegos arriesgados. Amo arriesgarme entre sus piernas. Amo respirar el humo de su boca que me embriaga y me deja más en mí que yo misma. Me gusta cantar cuando no lo veo y pasarme las horas corrompiendo mis proyectos por los suyos.

 

Sé que todo el mundo que me dice que no ande con él me lo dice de buena fe, esa fe que no me tienen. Alguna vez leí que amar significa no querer cambiar al otro, sino desearle que sea lo más él mismo posible.

 

Así que tomo el papel y la pluma y comienzo a garabatear. Qué actividad más embelezante: garabatear. Es algo así como gatear sobre el papel. No me divierto, es más como un acto de vomitar inclinándome en un inodoro y pensando que pronto va a salir, que va a terminar el malestar, este revoltijo de retortijones, de angustias, de miedos. Hay una emoción al final de la arcada, una emoción tan fuerte de alivio que es una verdadera alegría en medio del caos.

 

Me encanta cuando doy la arcada para sacar toda la porquería que no he podido digerir. Es que no tengo tan buena mordida, quisiera poder morder con más libertad, así no tendría que estar vomitándome encima de mi tiempo, encima de mis años, encima del amor que quisiera poder dar.

 

Y ahora estoy que me carga la chingada. Estoy enojada conmigo por tener miedo. Me encabrona parecer un perro acorralado, porque no soy un perro, porque odio estar en un rincón.

 

El pedo no está en estar loca, sino en estar conciente de que lo estoy. No puedo hacerme pendeja conmigo, puedo divertirme haciéndolo con todo el mundo, pero cuando veo mi espejo, mi propio pelo grita el malestar del agobio.

 

Hoy, por ejemplo, me levanté bien hippie. Hoy tenía ganas de decirle al mundo que soy diferente, con mis botas hechas un hoyo. Soy buena caminando con un ritmo poético, como de funky diurno en medio de la plaza.

 

Ya me anda por llegar a darle un abrazo a mi fabuloso junky y no me llama, es cruel. Es como si jugara con una hormiga: la persigue con un popote, le dedica toda su atención por unos minutos, esos minutos son mis 15 de fama, mientras el ojo de este niño especial esté cautivado con mi rareza, estaré viva. Seré, quizás, el sacrificio en un panal. Seré quizás el juego de su pequeña conciencia, desarmando mis patitas de una a una mientras comienzo a caminar como borracha. Dios quiera que en este niño exista la piedad.

 

De cualquier forma sé que soy suficientemente rara para ser un carbón. Aquí bajo la lupa de sus ojos cansados, soy un diamante rústico. Y no me importa lo que venga, el futuro sigue siendo el mismo por más idioteces que me empeño en cometer: no cambia la oferta de Dios.

Me dije un día que me debía una oportunidad de cagarla. Me convencí de que, de hecho, tenía que cagarla para acertar. Así que me tomé la ruta alterna y dejé a Dios por su cuenta. Me hice de dos o tres ignorancias y caminé esperando no necesitar de nadie.

 

Y qué a gusto la pasamos mi ignorancia y yo, sólo hasta que pude contemplar el pedestal de barro en que me había vuelto. Toda una mujer embellecida por la rutina. Toda una cabellera de onduladas discrepancias, una cabeza de ideas sin acción. Me volví el cuerpo del mitote. Mi metrónomo ya no es el pecado ni la moral, mi acantilado no es el deseo ni la ruptura.

 

Mi canción es la de mi hermano fallecido, esa es su herencia, ¡déjalo ya!

Con él se fue el nombre de mi canción favorita de la infancia y una indagación sobre mi futuro, como un karma y una revelación gitana.

Él poseía la visión del moribundo. Poseía el miedo que baila con el amor. Y me dejó su amor y su miedo en horabuena y vestidos de blanco.

 

 

Y yo amo a mi junky porque fuma mota.

Y me preguntó si no me importaba si fumaba frente a mí ­—como hizo mi hermano cuando fumó su primer churro con mi permiso en la azotea, a mis seis o siete añillos— y los amé por preguntar.

 

Hay un color tan anormal en el humo de la mota. Es un color que me despierta la tentación de vivir que duerme como una fiera en mis entrañas, esa que me toma por la piel y grita cuando nadie se empeña en escuchar.

 

¿Qué siento, qué siento? Detesto esto. Esta sensación de incomunicado. Esta sensación de acertar en lo que más odio de mi misma. Odio acertar cuando mi teoría es que mi junky tiene cosas más importantes qué hacer, que hacerme a mí.

 

No me da la gana seguir en el estado comatoso. No me da la gana seguir de segundona como siempre. En esta historia yo soy el protagónico. No hubo audiciones en mi vida, y siempre me he empeñado en tomar el papel del director en vez de ser la actriz. ¡Ya hasta la madre se cansó de la filosofía! ¡Basta de pensar!

 

Y no sigas con esa que me harto y te mando por la ruta.

Ve tomando ruta. Y del miedo coge lo que se te antoje. Yo ya me voy a poner a escribir algo, en vez de garabatear idioteces. Y si pienso pulir mi texto sería una broma bien mal hecha.

Escucho tanto la misma canción hasta que me hace un hoyo en el corazón y entonces cambio de placer.

 

 

Y si, mi diversión se acabó cuando la ignorancia me abandonó unos segundos y se fue a pasear con algún pendejo, pero la muy cabrona regresó echa una escoria con más lujo de detalle que un payaso sobre un microbús pidiendo limosna y pidiendo risas.

 

Y yo, decidí cagotearme sobre las estrofas de mi canción favorita. Iluminarme. Y la pinche cerillita que elegí para encenderme se apagó al primer intento. Y la pinche cerillita no tiene la culpa, sino la pendeja que la escogió para prender semejante incendio.

¿Con qué cara vengo a pintarme de payaso? ¿Con qué humor vengo a dar vergüenzas? ¿Con qué Junky vengo a acostarme y definirme en sus pestañas echas un chino?

No me confundas aquí, yo pensé que era inocente, pero la verdad es que sí soy bien pendeja.

 

 

 

Y no me arrepiento de tanta burrada. De hecho veo que conforme pasa el tiempo y cometo una cada vez más grande, pues las primeras que hice ya no me pesan tanto. ¿Y qué derecho tengo de llamarle Junky?

Qué derecho tengo de juzgar a nadie. Lo sé, es pura envidia. Y así envidié a mi hermano, el junky, también. No por ser junky, sino por estar tan acostumbrado a equivocarse que la vida le parecía sencilla.

Ayer me despedí de él. Tenía un año de haberse ido y por fin ayer dejé que se llevaran su cuerpo, que era como una utilería de mi realidad. Lo usaba para mantenerme triste, porque si estoy más triste, tengo menos miedo.

 

Si, pinche viaje en popote el que me estoy levantando, soy un insecto que se consume de expectación.

Me incendio, no caeré al piso antes de consumirme. Me consumo y soy mi propia droga. Soy lo más adicta a mí posible.

No sé cómo diablos terminar con este escrito, había puesto un final tan rosa que daban ganas de vomitar.

Ahora no sé qué decir para decir que no sé que decir. Que se me acabaron las palabrotas y que sigo estando encogida y absorta en el nombre de mi junky, en su ausencia prolongada, en sus visitas tan brillantes y efímeras en mi mundo. Y que estoy tan decidida a golpear mi miedo con todo lo que tengo. Pero eso sería un final feliz. Y no hay final feliz. No hay final.

De hecho, es un experimento. Con este vacío me siento un poquito más llena que ayer.

SB