Camino como borracha por los escalones de la ignorancia, miro el reloj que es el sol sobre mi cabeza y me percato de que la sed me quema el alma. La ira de mis desaciertos es un puño cerrado sobre mi cara. Nunca ha sido demasiado orgullo ni demasiada cara. Caído y vuelvo a caer, y como si no fuera suficiente, a veces ya ni me levanto. Pero es sobre el orgullo mismo donde la caída tiene su mayor peligro. Caer es sencillo, tocar fondo es una muerte inesperada, un renacimiento en medio de la vida, una renuncia del ego a significarlo todo, a explicar la aparente injusticia de los designios, cuando soy yo misma quien me coloco justo en ese fondo, como huyendo de la figura, como alejándome de la reflexión de la luz, para evitar. Evitación. Evitación de la vida, del presente, del momento que se esfuma en el mismo instante en el que pasa. Una rosa es una rosa es una rosa, efímera y tangible, hermosa y moribunda, un total volcado en un instante de magnificencia, el Dios eterno abstraído en el débil pétalo a punto de viajar. El cielo quieto esperando al viento, las nubes posan su instante de gloria, agua evaporada a punto de vertirse en el acantilado de la vida, sobre la tierra, ella misma toca su fondo, se introduce en las grietas del deseo, ella misma se transforma y se vuelve a reintegrar a la subida. Evitación. Caer es un silencio desesperado. Es la evitación del viento. Es arrojarse al cambio sin esperar la resurrección. Una vez caído, el precio se ha pagado.
El precio es alto por tener la perspectiva del caído, pero desde abajo sólo se puede ver hacia arriba, desde arriba es fácil perder la perspectiva. Como mirar a través del vaso con agua: se miran deformados los éxitos, y desmedidos se ven también los fracasos. ¿El fracaso realmente existe? Encontrar la verdad que se esconde en nuestras propias acciones es la tarea más ardua, conquistada sólo por aquellos capaces de apreciar lo que su cuerpo siente, capaces de apreciarse en el momento presente, como parte del instante del universo que se vuelca sobre sí mismo ante la metaobservación del Ser que se mira hacia adentro, que trasciende las barreras de su propia piel, medita en sí mismo y alcanza por ese breve instante que parece eterno, la comprensión de lo insuperable, de lo simbólico e inmarcesible.
El ser humano que se crea digno de admiración, no se ha medido con la vara de la verdad. No ha trazado contacto con esencia verdadera, porque la esencia es innombrable, no hay letras ni signos, es símbolo entrópico capaz de fusionarse, implotarse y volverse caos una y otra y otra vez, sobre sí mismo, vuelto a la vida, vuelto a la muerte, vuelto a la materia, vuelto a la energía. La mente no tiene recursos para este contacto, sólo puede desapegarse de su anhelo y permitir que el contacto mismo la implote en un éxtasis momentáneo, irremembrable por la imagen, capturado sólo por la sensación de unidad total, de complitud.
Evitación. El amor a uno mismo es una trampa, y tramposo es el que lo declara.
Inmersa en la apreciación de mí misma es como pierdo el ritmo en la vida. No así la intención. Difícil es construir las ideas propias, más difícil es derribar los prejuicios que las sustentan, casi imposible deconstruir lo que la mente crea para la comodidad del espíritu atribulado. Evitación. Intento infructuoso de inmovilidad, hélice que gira inversamente sin poder arrancar. Oculto deseo de ser uno. Evitación de la soledad.
El deseo desesperado del corazón humano. Evitación de la propia imagen. Represión de la vida. Admiración por correspondencia entre corazones agitados de solidaridad.
Vemos cosas que no vemos.
La madrugada de la conciencia es la duermevela de la razón, me niego a aceptar que mi negocio es la verdad.
Sin perder mi intención inicial, como una obra imperfecta vista bajo la luz de la calle, las sombras deforman una parte muy mía que nunca podré conocer, pero al final del día, evito la evitación un instante, suficientemente largo, para reescribir, esa es mi intención.