18 de junio 2007
He estado tan perseguida por el perro de la inseguridad y he dado tantas vueltas por este callejón sin salida del fracaso, que me he vuelto una experta en buscarle una solución, en brincarme la barda para no ser alcanzada, en encontrar una rendija por dónde colarme y salir de aquí para encontrarme de nuevo en la calle fluida de la vida.
He estado ya tanto tiempo corriendo con el miedo en los talones que en verdad estoy en buena forma para seguir corriendo, cada vez corro más rápido, y este es un miedo aún mayor, el volverme tan buena en huir que jamás enfrente el problema.
Así que hoy me detuve, dejé de correr, miré atrás y lo vi de frente con sus dos ojos rojos llenos de amargura. ¿Qué pasa si hago esto en mi vida y no en un sueño? ¿El perro me morderá y me pasará la rabia? ¿El fracaso me empapara y me marcará para toda la vida?
Creo que es momento de levantarle la voz a este animal y pararlo en seco, amaestrarlo y ponerlo a mi servicio. No hay un perro suficientemente grande para que me pueda matar, el miedo siempre es más grande que la cosa que lo causa. Así que hoy respiro hondo y me propongo desandar los pasos a sabiendas de que el perro seguramente intentará defenderse, pero yo no voy a darle oportunidad.
¿Para qué soy buena? ¿Acaso es importante? Si mi miedo me ha dicho todo el tiempo que soy buena para nada, entonces no importa lo que haga, igual me va a salir mal. Comencemos por ahí. Haré lo que sea pensando que de cualquier forma da igual lo que haga. Pero creo que es una buena forma de comenzar.
¿Qué es lo que me gusta? Miles de cosas, el elegir sólo una no me privará de hacer las demás, sólo haré una a la vez.
¿Qué esperan los demás de mí? Que tenga éxito y que sea feliz. Cosas imposibles de lograr mientras intente complacer a los demás. Es una paradoja, porque intentando complacer a los demás, ellos quieren que yo tenga éxito y sea feliz, pero mi felicidad y mi éxito son definiciones diferentes a las que tienen cada uno de mis seres queridos… así que si intento complacerlos, no seré feliz ni tendré éxito, por lo que no los complaceré. Y si intento ser feliz y tener éxito de acuerdo a mis propios términos, muy probablemente ellos difieran de mi definición de felicidad y éxito, y no los habré complacido de cualquier manera. Entonces, si de cualquier forma esta es una empresa perdida, para qué esforzarme en complacer a nadie.
¿Por dónde empiezo? Por aceptar mi lado oscuro. Es cierto que la culpa es el mejor aliado del miedo, y el peor enemigo de la felicidad. Así que aceptar que soy humana, que tengo miedo, que no soy perfecta, que no soy la mejor ni la más talentosa porque siempre hay alguien más y hay alguien menos, que también soy iracunda e impaciente, que soy desesperada y falta de concentración, que me falta disciplina, que soy muchas veces malagradecida y confiada, que estoy buscando el éxito a través de otras personas en vez de enfrentar mi miedo y vivirlo por mí misma, que hace años que no me confieso ni voy a misa, que he perdido terreno en mi camino espiritual, que pierdo mucho la voz interna de mí misma. QUE NO CREO EN MÍ MISMA. Creo que este último defecto es el más grande de todos.
Bueno, ahí está. Este es mi lado oscuro. Que a veces uso a la gente, que me choca no sentirme admirada ni amada, que baso mi valía personal en lo que los demás piensan de mí, inclusive en las mismas circunstancias. Que esto se ha vuelto mi Dios, pues yo les he otorgado a los demás el poder de afectar mi felicidad, mi auto concepto y mi amor propio.
La buena noticia es que todo tiene solución. Basta que ponga en orden todo este desmadre que traigo en la cabeza y que acepte que yo sola no puedo, que necesito de un poder superior porque de plano a mí se me sale de las manos. Rendirme. Justo ahora que tengo más miedo, rendirme. Esa es la solución.
Dejar de lado el ego y la soberbia y aceptar la guía de alguien más. Aunque sea por un periodo de tiempo en lo que aprendo a volar. Creo que este es un buen paso, el primero: ser humilde.
Humildad para aceptar que no tengo todas las respuestas. Que no soy la mejor ni la peor. Que tengo mucho talento, pero que eso no le quita ni le pone nada a mi Ser interior. Que se puede aprender de todos los seres humanos. Que no soy perfecta. Que todo lo que haga puede tener éxito y puede no tenerlo. Que no tiene por qué amarme toda la gente. Que el que otros me amen o no, no depende de mí. Que no soy la mejor en todo lo que emprenda. Que no puedo ser perfecta cuando no he comenzado ni el camino de pulir este diamante en bruto. Pero sobre todo, ser humilde para aceptar que todos mis talentos y cualidades no valen nada junto a lo que vale mi Ser, mi corazón, mis sentimientos y todo el amor que siento y que me he esforzado en ocultar, construyendo una muralla alrededor de mis emociones.
Humildad para aceptar que el camino no lo puedo ver yo sola, que es Dios quien me lo puede mostrar. Humildad para aceptar que lo que me mantiene viva en este mundo es el amor, las oraciones de mi madre, el cariño de mis amigos, el amor a mí misma, Dios. No el ser talentosa, hermosa, inteligente, intensa, diferente, sensual, etc. Esas son cosas pasajeras y definitivamente relativas.
Y aceptar que el tiempo es relativo también. Que hoy puedo tener 31 años y pensar que ya no tengo tiempo. Pensar entonces en mi amiga de 23 años a quien le acaban de detectar cáncer… el tiempo es relativo. Y la única barrera que tengo no es el tiempo, sino yo misma, al ponerme jaulas mentales. Pero como son límites impuestos por mí misma, también son límites que yo misma puedo derribar.
MB