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Hace dos años y medio comencé a despertar de un largo sueño. Cada día al despertar en mi cama, acostada de lado con las piernas abrazadas, en posición fetal, un sentimiento me invadía. En realidad no me quería levantar. No quería salir de la cama. Tenía mucho miedo enfrentar el día a día, el sentimiento de no pertenencia, de no dirección, y sobre todo, un sentimiento de culpa. Culpa de no estar haciendo lo correcto, sea lo que fuera que eso era. Culpa de estar defraudando a mi marido, a mi familia, a mí misma, incluso a Dios.

Pero después de todo me levantaba todos los días, con un dolor en la garganta como un malestar crónico. Sacaba los dos pies de la cobija y me sentaba sobre el costado izquierdo de la cama -mi lado de la cama-, y en mi espalda sentía como si se me clavara la ira de mi marido, su decepción quizás.

Todo el día tenía mucho sueño, tomaba tanto café como para matar un elefante, y aun así seguía teniendo sueño todo el día. Me daba mucha hambre y comía comida rápida, pues aparentemente “no tenía tiempo” de cocinar. Trabajaba en la oficina de un amigo que me quedaba cerca de casa, cuesta arriba. Y por más que caminaba de ida y vuelta cuatro veces todos los días una distancia considerable por calles inclinadas, me mantenía excedida de peso, cosa que me hacía sentir muy mal conmigo misma.

No entendía porqué si no comía chocolates y cosas de la tienda, mi peso se mantenía excedido y yo me mantenía siempre cansada y desganada.

Pero después de todo, me decía, tenía un marido, una casa, un perro, un trabajo, una vida. Hasta el día en que mi marido me miró a la cara y me dijo que ya no estaba seguro de querer seguir conmigo. Ese día comencé a despertar.

Quise comentar esto al principio de este ensayo porque como dice la filosofía Zen, uno aprender lo nuevo partiendo de lo viejo.

Cuando me separé de mi ex marido comencé un largo camino, un proceso que sé que nunca va a terminar. Es un proceso hacia el despertar de mi conciencia. He estado adormecida por mucho tiempo y sé las consecuencias de despertar de pronto por que la vida es así, simplemente no nos permite estar siempre dormidos.

Fue mi decisión tomar la responsabilidad de mi vida, y aunque aun me falta un tramo para considerarme a mí misma como adulta, estoy disfrutando mucho mi infancia y adolescencia. Adolescencia, creo que ese es mi estado actual, porque estoy pasando por el dolor de los cambios hacia la adultez.

Al leer los primeros libros que hablan sobre los orígenes filosóficos de la Terapia Gestalt me sentí como enviada de nuevo a la preparatoria. Sobre todo con el libro de Los Dragones del Edén. Pero este libro me permitió darme cuenta que soy sólo un momento en este gran y eterno tiempo y que soy tan compleja y tan única por sólo ser un ser humano y estar aquí. Me permitió comenzar a despertar a la conciencia de mi soberbia. No sólo cómo raza humana, sino como yo misma. Soy soberbia, muy soberbia, y creo que esta es la lección que vine a aprender a la maestría, principalmente.

Lo primero que hice cuando comencé a despertar fue entrar en un estado de angustia constante, de pánico. Me enfermé físicamente. Me dieron ganas de vomitar sin poderlo hacer, inclusive me dio “un aire” o torzón en un costado que me hacía que me doliera el simple hecho de caminar y respirar. Pero como siempre me he considerado fuerte no pensé en dejarme tumbar. Pero no fue mi elección, la situación me rebasó de tal forma que no pude más y colapsé. Así que pedí ayuda. Mi familia me tendió la mano. En seguida comencé a ir a terapia en el CAPCI.

A la par en este proceso me invitaron a meditar en un Centro de Meditación Siddha Yoga. Y esto me ayudó mucho a poner en orden todo este rompecabezas de mí misma. Creo que me atendí muy bien, me di la ayuda que necesitaba en ese momento para “pasar el trance de la angustia” como diría Nasio sobre la histeria. Yo elegí no quedarme en la angustia, no guardar ningún sentimiento dañino dentro de mí. Elegí superar lo que fuera necesario para no volver a sentir el pánico y la falta de esperanza que me embargaron durante esos meses terribles de depresión, pánico y angustia.

Si tenía que superar algún miedo a la castración para no volverme una histérica, creo que este era el momento. No me puedo pasar pastillas, me da miedo, es un trauma de mi niñez. Estuve a punto de morir asfixiada con un caramelo y ahora cada vez que tengo que pasarme pastillas es un verdadero suplicio. Lo comento ahora porque me vino a la mente esto del miedo a la castración que es lo que causa la neurosis. Bien, creo que para superar cualquier miedo se necesita aceptar primero que la muerte no es lo peor que le puede ocurrir a uno. Es decir, perder el cuerpo o una parte de él no es lo peor que le puede pasar a una persona, lo pero que le puede pasar a una persona, yo lo sé bien, es seguir viviendo dormido para despertar un día con el pánico y la desesperación de haber dejado la vida pasar sin haber vivido.

Un libro que me marcó mucho fue el de La teoría existencialista de la personalidad, creo que porque uno de mis principales miedos es el del fracaso, el de no saber para qué vine aquí, cuál es mi misión en este mundo. Darle un sentido a mi vida. Creo que mi vida ha sido bastante existencialista o tiende a eso. Por eso cuando leí el libro de El hombre en busca de sentido, de Frankl, aun no terminé de comprenderlo del todo. Yo esperaba que este libro me diera la respuesta mágica, que me dijera para qué vine aquí, y no me dio respuestas. Me dejó como en este estado de existencialismo. Finalmente creo que sí soy muy soberbia y no me quiero arriesgar a aceptar que el sentido de mi vida me será revelado en su momento. No cuando yo quiera, sino cuando sea mi momento. No puede ser de otra manera.

Elegí estudiar la maestría por esta búsqueda de sentido de mi vida. Es un problema que vengo arrastrando y no he podido enfrentarlo de lleno. Creo que es porque estoy buscando las respuestas y no las soluciones. Quizás estoy haciendo mi práctica filosófica en vez de terapéutica.

Ahora bien, los libros sobre psicoanálisis, toda la teoría Freudiana me parece muy confusa. Creo que cuando llegué a la maestría venía con una idea muy simplista, porque así es como me lo enseñaron. Y la teoría de Freud es mucho más compleja y tiene mucha más explicaciones que “todo es sexo”. Lo que más he apreciado de estas teorías no es este referente a que todo tiene que ver con sexo, sino la forma en que él propuso que la psique del hombre se divide. A mí se me había ocurrido de niña que podía hablar conmigo misma, incluso escribir mi diario (el que llevo, no con mucha constancia, desde que tenía 8 años), y esta forma de “desdoblarme” me ayudó mucho a superar mi infancia que no fue fácil, en casa de un padre violento y una madre abusada. Entender que tenemos huellas, vaya, huellas mnémicas. También había tenido conocimiento de este tema en un curso de Semiología de la Vida Cotidiana, con el Dr. Alfonso Ruiz. Es impresionante cómo cada cosa se va uniendo en la vida para que podamos entendernos y despertar. Es como ir colocando estratégicamente despertadores que sonarán primero uno, luego el otro, luego otro más… hasta que por fin salgamos del sueño profundo y estemos bastante despiertos. Y así mismo pienso que uno mismo coloca esos despertadores antes de meterse a la cama.

En resumidas cuentas, creo que yo misma he ido buscando cada situación en mi vida para despertar. Conciente o inconcientemente.

Por eso cuando leí sobre la filosofía Zen sentí como si fuera un conocimiento que estaba oculto en mi interior y fuera recordando cosas, algunas como si las hubiera tenido almacenadas sin haberlas asimilado y ahora con estas lecturas las podía traer al frente y dejarlas hablar por sí solas.

Ha sido un cambio total de mentalidad. Ha sido un cambio radical de postura. Antes me dedicaba a echarle la culpa de todo al mundo, a la gente, a mi familia, a la suerte. Ahora sé que sólo es responsabilidad mía el decidir a dónde y cómo dirigirme. Saber que traumas en la vida son la cosa más común, pero cómo me enfrento a ellos, cómo los digiero, eso sí depende de mí misma.

Algo que me ha nutrido tremendamente y me ha quitado miedos ha sido el darme cuenta de que somos seres holísticos, completos. Que tenemos el ying-yang. Que somos hombre y mujer en uno mismo. Que depende de nosotros conciliar cada una de nuestras partes para vivirnos conciliados con el Todo. Yo tiendo mucho a pelearme entre mi lado femenino y el masculino. Creo que eso lo he aprendido por mi cultura familiar, los hombres tiene la voz, las mujeres deben ser sumisas y acatar lo que los hombres digan. Si un hombre no considera que yo valga, entonces automáticamente mi autoestima desciende. Este es un problema que sé que debo trabajar todavía en terapia, pero lo importante es que estoy CONCIENTE de ello. Entonces, volviendo a la parte masculina y femenina, a veces me siento más poderosa con mi parte masculina, y a mi parte femenina no la dejo actuar mucho, porque me siento tonta y sobajada. Y sin embargo sé que es mi parte femenina muchas veces la que escribe poesía, esa de la que tan orgullosa estoy. Sé que para expresarme completamente, para ser al 100% quien soy, con todos mis talentos, he de conciliar muy bien ambas partes, la femenina y la masculina.

Aquí es donde puedo mencionar El yo dividido. Justamente el no poder conciliar, unir mi totalidad como ser humano me convierte en un Yo dividido. Yo busco ser un ser completo, sin rupturas ni grietas. Unir mi lado espiritual y el emocional con el físico.

Cuando me separé de mi marido y comencé a tomar responsabilidad de mi vida a través de la terapia comencé a descubrir que había cosas que no hacía y que tenía muchas ganas de hacer desde hace mucho tiempo. Una fue practicar kick boxing. Me metí a clases y desde entonces no he dejado de practicarlo. Me hace sentir muy bien tanto física como emocionalmente. He de decir que bajé de peso y comencé a comer sanamente. Me hice una experta en ensaladas y platillos diferentes y exóticos en los que, haciendo uso de mi creatividad, mezclo diferentes sabores, verduras, aderezos, especias. Pasada la tormenta comencé a mirar mi espejo. Esto lo empecé a hacer sobre todo cuando fui a escribir mi cuarto paso. Y me comencé a ver como una mujer renovada, con la vida por delante. Muy saludable y más joven, más feliz y mucho más despierta. Inclusive mi forma de caminar cambió, mi postura física y, obviamente, también mi postura ante la vida. Cuando leí el libro de El cuerpo tiene sus razones, le di toda la razón: mi cuerpo tenía sus razones para estar en el estado en el que estaba. Mi cuerpo tuvo sus razones de sacarme de la jugada y tumbarme para que yo hiciera un alto y despertara.

Ahora mi cuerpo es más sensible, no, más bien YO soy más sensible a mi cuerpo. Le hago mucho más caso. Lo escucho y esto me llena de alegría. Haber descubierto en mi cuerpo a un aliado para mantenerme despierta es algo que siempre voy a valorar. Ahora, por ejemplo, siento que mi cuerpo de pronto se cansa, de pronto me vuelve a dar sueño en horas en que necesito mucha concentración. Y me pregunto si será que él me quiere decir algo, probablemente no quiero escuchar, probablemente estoy cansada del proceso que ha sido extenuante. Porque este proceso fue rápido, muy profundo y fuerte.

De pronto me enfermo y entiendo que cada enfermedad tiene un para qué. Así es que ahora cuando me enfermo analizo mi enfermedad y trato de sanarme internamente además de físicamente, porque yo sí creo firmemente en que toda enfermedad tiene un origen emocional, y curar los síntomas con medicina alópata no es curar la enfermedad. Ahí es donde actúo yo misma.

Para mí esto ha sido clarísimo a lo largo de todo mi proceso. Cuando me dieron los ataques de angustia pude sensibilizarme ante mi cuerpo, porque él era todo un grito. Yo no podía hacer nada por él más que rezar y dejar que todas las emociones que lo embargaban corrieran libres y salieran de alguna manera.

Hoy que me estoy preparando para ser terapeuta valoro mucho el trabajo que hizo mi terapuetia conmigo. Aprendí mucho de ella en terapia, una terapia que duró poco más de un año. El amor y el cuidado que ella puso en mí, tuvo sus frutos. Yo hice mi trabajo, yo elegí hacerme responsable de mí misma, pero definitivamente puse a mi ser en sus manos y ella con mucho amor me ayudó para que yo misma viera el camino.

Hoy que venía manejando hacia mi trabajo me preguntaba porqué valoro más las cosas materiales que el amor. Porqué a veces me siento ridícula pensando en que el amor es la respuesta de todo. Es triste, lo sé, porque es algo que a veces me invade y sé que es puro miedo. Miedo a romper mi máscara del ego y aceptar que para encontrar la felicidad total es necesario desapegarse. Cuando hacemos trabajo en la maestría y me doy cuenta que me siento amenazada, que tengo miedo, me da pena secretamente porque me siento insegura, siento que pierdo el control. Pero luego pienso que eso es justamente lo que necesito para avanzar en el proceso, perder el control y dar el salto al vacío. Porque eso es lo que hice justamente cuando perdí el control de mi vida, di el salto al vacío y hoy estoy mucho más despierta. Di un paso agigantado en mi vida. La persona gris que era hace tres años ya no volverá a asomarse, y en caso de que lo haga, no será tan fácil ignorarla, porque esa lección ya la asimilé. Ahora, sé que sólo fue un comienzo y que me falta un largo proceso. Pensar, por ejemplo, en Siddharta, me hace tener esperanzas sobre el sentido de mi vida y sobre este proceso. De pronto siento que yo no puedo ser ese ser especial, y entonces me doy cuenta que estoy negando lo divino que hay en mí. La filosofía Zen, el budismo y todas estas filosofías orientales que ven al ser interior divino me cuestan aun trabajo asimilar. Y es, creo yo, porque crecí pensando que Dios estaba en las nubes, fuera de mi alcance. Asimilar que yo soy parte de Dios como una gota es parte del océano, me parece complicadísimo de asimilar. Pero lo sé, racionalmente lo acepto. Creo que lo voy a asimilar a través de alguna experiencia, ya sea la meditación o alguna tumbada del caballo, que suele ser así la vida. Aunque el otro día leía en un libro de Melodi Beatty (52 semanas de contacto conciente) en donde menciona que aprender no tiene por qué ser especialmente doloroso, y creo que tiene razón. A veces llamar al aprendizaje con amor permite que venga sin tanto dolor, simplemente llamarlo, ya con llamarlo en vez de encontrarlo repentinamente, estar abierta a él, me permite aceptarlo y no sufrir tanto.

Bien, ahora no quiero echarle la culpa de mis huecos espirituales al haber crecido en occidente, porque incluso Tilar de Chardin fue capaz de entender a través de la filosofía occidental, toda esta cosmovisión integral que él planteó. Creo que la verdad está en todas partes. Hay buscadores en todo el mundo, y hay tantos caminos como buscadores.

Quisiera dejar de sentir miedo y de tener el control, y entonces recuerdo el libro de La sabiduría de la inseguridad y recuerdo que estas cosas son imposibles de evitar. Yo no tengo el control más que de la forma en que vivo las circunstancias (todas ellas fuera de mi control), y miedo no tengo razón en tener si puedo entender que todos somos parte de la misma cosa.

Lo más difícil para mí es estar conciente y no estar sana todavía. Porque ahora sé que no me puedo hacer la dormida, es como andar cargando un espejo. Ver mi reflejo me deja ver mis incongruencias. Eso de la proyección se me ha vuelto justamente un espejo. Y no me ha sido fácil aceptar que lo que me molesta de los otros es lo que no acepto de mí misma. Pero entiendo que tiene todo el sentido del mundo. Y vuelvo a ver en mis apuntes mentales y comprendo que aceptar mi lado oscuro es esencial para terminar con mi Yo dividido. Estoy en la búsqueda de la integración de mí Ser, de mi Conciencia.

Por eso estoy en la maestría, por eso medito, por eso trabajo, por eso canto, por eso escribo, por eso leo, por eso me angustio, por eso me tomo mis medicinas, por eso como sanamente, por eso atiendo a mi cuerpo que ahora es mi mejor amigo, el que me dice todo sobre mí misma.

Pero sigo perdida. Completamente perdida. No sé a dónde voy. Es la mera verdad. Cada día me despierto todavía con culpa y con angustia. No igual que antes, cuando me despertaba en una cama matrimonial al lado del hombre que algún día amé y que fue el centro de mi vida. Me despierto con esa angustia existencial de sentir que en verdad estoy dejando ir mis posibilidades sin exprimirme del todo. Creo que esta angustia de no ser perfecta es lo que me mantiene dividida internamente. No he aceptado todavía que soy Una.

Tengo que practicar más el amor a mí misma. Algún día leí que sólo se puede actuar desde dos posturas: desde el amor o desde el miedo. Y lo creo. Es como cuando Cristo dijo “estáis conmigo o estáis en mi contra”. Porque cuando yo actúo desde el miedo, estoy actuando de forma que daña a los demás y a mí misma. Cuando actúo desde el amor todo es para bien.

Aunque finalmente creo que todo es para bien, porque a veces no hay de otra más que actuar desde el miedo. Vaya, por ejemplo la histeria. Es justamente actuar desde el miedo. Actuar desde el amor sería una aceptación total, una asimilación. Así que la histeria sería una “solución” emprendida desde la base del miedo y no del amor.

Aunque la finalidad siempre es la misma: encontrar la felicidad, ir hacia el lugar donde me siento cómoda y feliz. Es triste que justamente una “solución” nos lleve a padecer un dolor por mucho tiempo, enquistado y adormecido.

Algo que me gustaría mucho mencionar sobre el libro de Guru es que justamente yo estaba viviendo una experiencia espiritual al acercarme a Siddha Yoga cuando leí este libro. En Siddha Yoga la Guru o maestra espiritual se llama Gurumayi Chidvilasananda, alguien de quien he leído algunos libros y su filosofía me ha maravillado. Sin embargo nunca me sentí identificada con ella como Guru. Es interesante porque esto ha sido lo que finalmente me hizo dejar ese camino espiritual para seguir en la búsqueda de otro que me llene. Algo que me fascinó de haber estado en contacto con la filosofía Siddha Yoga fue el haber tenido acceso a muchos libros y música, a la meditación y a las clases y cursos espirituales. A la convivencia con la comunidad, y sobre todo, al contacto conmigo misma. Y también el haber estado en contacto con Baba Muktananda. Él es un Guru que ya trascendió, así que físicamente nunca le conocí, pero lo conocí a través de sus libros y de la meditación. Algo que él menciona en uno de sus libros es que el camino espiritual de cada ser humano es único y no está limitado a nada ni a nadie, a ninguna religión o postura filosófica, a ninguna práctica espiritual. Uno hace lo que necesita para lograr encontrarse con la Verdad, su Ser Interior. Uno hace lo que tiene que hacer para despertar a la Conciencia. Así que finalmente yo considero a todo lo que he hecho en mi vida, mi camino espiritual.

Incluyendo, desde luego, la maestría y todo lo que ella conlleva. Yo quisiera que justamente el realizar esta maestría me lleve más cerca del despertar de mi conciencia. Porque si voy a ver al terapeuta como un Guru moderno, entonces tengo que verme a mí misma como una buscadora del despertar espiritual. Y despertar para poder ayudar a otros a despertar. Recorrer primero el camino para poder decirles a otros sobre cómo yo viví el camino. Sino es ser un ciego guiando a otros.

Así pues, hoy me levanto del lado derecho de mi cama, muchas veces no me quiero levantar. Casi siempre llego tarde a mi trabajo y sé que estoy falta de motivación en muchos aspectos de mi vida. Pero sé que esto es sólo un proceso. Estoy conciente de esto y soy responsable por ello. Sé que lo que quiera lograr en la vida, depende de mí. Que no puedo controlar nada, pero que no es necesario porque finalmente todo se acomoda según un plan más grande que todos nosotros. Digamos que ya no estoy angustiada. Tengo miedo, eso definitivamente, pero procuro actuar más desde el amor y por eso sigo impulsándome, sigo haciendo cosas por mí, para estar bien. Sé que siempre se puede estar mejor. Y cuando me duele algo, le pongo atención. Estoy buscando la pérdida del control y la ruptura de la máscara. Tengo mucho miedo a eso, pero sé que es como pasarme una pastilla. Todo está en orden para que ocurra y sólo debo alinearme con las circunstancias y dejar que fluya.

Quiero estar tan llena y completa que pueda ayudar a otros. Quiero poder estar al servicio de los demás, ser una vasija dispuesta a llenarse de amor para verterlo en los demás.

19 de junio de 2007 / ensayo integrador / Principios Filosóficos de la Terapia Gestatl / Maestría en Psicoterapia Gestalt / INTEGRO / por Sabinne

Bibliografía

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11 – 12 junio 2007

Ayer pensaba que un océano inmóvil debe causar mucha angustia.
Imagínate parada en un acantilado frente a la inmensidad de un océano que no se mueve.
Recordé cómo me quedé paralizada frente al océano, frente al valor, a la fuerza y a todos sus recursos. Como incrédula. Así se siente la soledad con perturbadora claridad. Ni un sonido que avise de la vida o la muerte. Ni un aroma que emerja entre las grietas para decir que ya viene creciendo la hierva, nada que asome la cabeza bajo el agua. Y sin embargo, todo este mar tan quieto y lleno de vida es para morirse de miedo, ver tanta oscuridad concentrada en una superficie líquida. Es para paralizarse de esperanza. Cuando diste la espalda y regresaste a algo más terrenal me comporté como un fantasma. Me moví por fin ahora que no me veías. Tu espalda se enteró de mis movimientos, pero tuviste tanto miedo de mirar que preferiste dejarme hacer yo sola, y sola estoy haciendo.
Ahora, este océano es organismo vivo que sube, se estrecha, se eleva, se destroza y se alcanza en una expansión nueva y sin límite o frontera. Veo aletas y trompetas, espadas y acróbatas. Veo ojos y tentáculos. Y siento la corriente cálida de mi propia imaginación. Estoy en el borde, así parada, de la caída, ese salto del ángel a la tierra. Y me miento cuando me digo que no tengo más nada que dos pies y una boca, me miento porque tengo el ingenio para hacerlo -el talento, la magia y eso que no se nombra y que todos conocemos son cosa aparte-.
Es un anónimo grito de libertad. Yo brinqué la barda sin permiso, caí y rompí en tres partes el costado, la clavícula y el alma.
El de tres puestos es un mar inmenso, el de tres costados es una isla y el de compasión es tan sólo un mendigo que no sabe hacer más que estirar la mano y meterla a la boca.
Así es como el hombre y la mujer se yerguen. Así es como la mujer se desploma. Así es como el hombre se hace pájaro y acantilado. Y aquí entre las costumbres incrustadas en la tierra mansa, las alas abiertas, la barbilla inclinada, elevo en un acto de idiotez todas mis veces de indecisión que me llevaron por la ruta de la inmersión.
Aquí estoy tan sola y tan conmigo que me siento bien completa. Siento que no cabe más nadie en mi mundo.

SB