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Qué distinta se ve la vida siendo hormiga, sobre este popote

 

Bajé dos kilos y ando con un junky fabuloso que es un genio y ama la vida. Me angustia que él no me quiera porque no sé ser yo misma, y me da tanto miedo que no me quiero enamorar, cosa inevitable a esta altura del partido.

No sé si fue la mota, el vino tinto o tanto sexo que perdí dos kilos en una semana. Y es que ayer estaba ilusionada con la novedad de un hombre perfecto y hoy estoy muerta de miedo con la mala leche de mis amigos sobre la fama de mujeriego y junky que persigue a mi peoresnada.

 

No te quejes con nadie. Quedamos que ahora íbamos a hacer las cosas diferente. Si todo lo que he venido haciendo ha sido pura estupidez, ya es hora de hacer algo que difiera, algo acertado, para variar. Así que aunque mi junky no me llame, pueda estar ahogado de borracho, perdido en un viaje, o cogiéndose a otra vieja, no me voy a angustiar.

 

Mejor llamo a mi amigo el Molotov, bueno, no es exactamente mi amigo, pero me ha echado la mano, así que diré que es cuate de esos que aparecen por azares del destino en medio de la tragedia. Como si uno necesitara cambiar de suertes para que la gente a mi alrededor no pierda el interés en mi autocompasividiad.

 

Le llamé al Molotov y me enteré que me dio un número que no existe, así que la vuelta de tuerca no será por ese número. Ya me harté de escuchar las rolas de mi hermano, el beatlemaniaco que falleció hace un año. Ya me harté de que todo lo que escucho le pertenece a alguien más.

A veces necesito que el mundo gire para mí, aprender que eso no es real sólo me ha llevado a darme de topes contra la cobija. Ahí voy a revolcarme otra vez en los brazos de mi junky, ahí voy otra vez a arriesgarme porque necesito sentirme viva, me encanta la adrenalina que precede a la catástrofe. Me encanta la catástrofe porque no me deja pensar más que en el momento que tengo en la garganta, pero cuando la catástrofe pasa, me quedo completamente vacía, como un globo desinflando apestando a quién sabe qué saliva.

 

Amo a un junky, amo su forma de enfrentar el miedo a la vida con juegos arriesgados. Amo arriesgarme entre sus piernas. Amo respirar el humo de su boca que me embriaga y me deja más en mí que yo misma. Me gusta cantar cuando no lo veo y pasarme las horas corrompiendo mis proyectos por los suyos.

 

Sé que todo el mundo que me dice que no ande con él me lo dice de buena fe, esa fe que no me tienen. Alguna vez leí que amar significa no querer cambiar al otro, sino desearle que sea lo más él mismo posible.

 

Así que tomo el papel y la pluma y comienzo a garabatear. Qué actividad más embelezante: garabatear. Es algo así como gatear sobre el papel. No me divierto, es más como un acto de vomitar inclinándome en un inodoro y pensando que pronto va a salir, que va a terminar el malestar, este revoltijo de retortijones, de angustias, de miedos. Hay una emoción al final de la arcada, una emoción tan fuerte de alivio que es una verdadera alegría en medio del caos.

 

Me encanta cuando doy la arcada para sacar toda la porquería que no he podido digerir. Es que no tengo tan buena mordida, quisiera poder morder con más libertad, así no tendría que estar vomitándome encima de mi tiempo, encima de mis años, encima del amor que quisiera poder dar.

 

Y ahora estoy que me carga la chingada. Estoy enojada conmigo por tener miedo. Me encabrona parecer un perro acorralado, porque no soy un perro, porque odio estar en un rincón.

 

El pedo no está en estar loca, sino en estar conciente de que lo estoy. No puedo hacerme pendeja conmigo, puedo divertirme haciéndolo con todo el mundo, pero cuando veo mi espejo, mi propio pelo grita el malestar del agobio.

 

Hoy, por ejemplo, me levanté bien hippie. Hoy tenía ganas de decirle al mundo que soy diferente, con mis botas hechas un hoyo. Soy buena caminando con un ritmo poético, como de funky diurno en medio de la plaza.

 

Ya me anda por llegar a darle un abrazo a mi fabuloso junky y no me llama, es cruel. Es como si jugara con una hormiga: la persigue con un popote, le dedica toda su atención por unos minutos, esos minutos son mis 15 de fama, mientras el ojo de este niño especial esté cautivado con mi rareza, estaré viva. Seré, quizás, el sacrificio en un panal. Seré quizás el juego de su pequeña conciencia, desarmando mis patitas de una a una mientras comienzo a caminar como borracha. Dios quiera que en este niño exista la piedad.

 

De cualquier forma sé que soy suficientemente rara para ser un carbón. Aquí bajo la lupa de sus ojos cansados, soy un diamante rústico. Y no me importa lo que venga, el futuro sigue siendo el mismo por más idioteces que me empeño en cometer: no cambia la oferta de Dios.

Me dije un día que me debía una oportunidad de cagarla. Me convencí de que, de hecho, tenía que cagarla para acertar. Así que me tomé la ruta alterna y dejé a Dios por su cuenta. Me hice de dos o tres ignorancias y caminé esperando no necesitar de nadie.

 

Y qué a gusto la pasamos mi ignorancia y yo, sólo hasta que pude contemplar el pedestal de barro en que me había vuelto. Toda una mujer embellecida por la rutina. Toda una cabellera de onduladas discrepancias, una cabeza de ideas sin acción. Me volví el cuerpo del mitote. Mi metrónomo ya no es el pecado ni la moral, mi acantilado no es el deseo ni la ruptura.

 

Mi canción es la de mi hermano fallecido, esa es su herencia, ¡déjalo ya!

Con él se fue el nombre de mi canción favorita de la infancia y una indagación sobre mi futuro, como un karma y una revelación gitana.

Él poseía la visión del moribundo. Poseía el miedo que baila con el amor. Y me dejó su amor y su miedo en horabuena y vestidos de blanco.

 

 

Y yo amo a mi junky porque fuma mota.

Y me preguntó si no me importaba si fumaba frente a mí ­—como hizo mi hermano cuando fumó su primer churro con mi permiso en la azotea, a mis seis o siete añillos— y los amé por preguntar.

 

Hay un color tan anormal en el humo de la mota. Es un color que me despierta la tentación de vivir que duerme como una fiera en mis entrañas, esa que me toma por la piel y grita cuando nadie se empeña en escuchar.

 

¿Qué siento, qué siento? Detesto esto. Esta sensación de incomunicado. Esta sensación de acertar en lo que más odio de mi misma. Odio acertar cuando mi teoría es que mi junky tiene cosas más importantes qué hacer, que hacerme a mí.

 

No me da la gana seguir en el estado comatoso. No me da la gana seguir de segundona como siempre. En esta historia yo soy el protagónico. No hubo audiciones en mi vida, y siempre me he empeñado en tomar el papel del director en vez de ser la actriz. ¡Ya hasta la madre se cansó de la filosofía! ¡Basta de pensar!

 

Y no sigas con esa que me harto y te mando por la ruta.

Ve tomando ruta. Y del miedo coge lo que se te antoje. Yo ya me voy a poner a escribir algo, en vez de garabatear idioteces. Y si pienso pulir mi texto sería una broma bien mal hecha.

Escucho tanto la misma canción hasta que me hace un hoyo en el corazón y entonces cambio de placer.

 

 

Y si, mi diversión se acabó cuando la ignorancia me abandonó unos segundos y se fue a pasear con algún pendejo, pero la muy cabrona regresó echa una escoria con más lujo de detalle que un payaso sobre un microbús pidiendo limosna y pidiendo risas.

 

Y yo, decidí cagotearme sobre las estrofas de mi canción favorita. Iluminarme. Y la pinche cerillita que elegí para encenderme se apagó al primer intento. Y la pinche cerillita no tiene la culpa, sino la pendeja que la escogió para prender semejante incendio.

¿Con qué cara vengo a pintarme de payaso? ¿Con qué humor vengo a dar vergüenzas? ¿Con qué Junky vengo a acostarme y definirme en sus pestañas echas un chino?

No me confundas aquí, yo pensé que era inocente, pero la verdad es que sí soy bien pendeja.

 

 

 

Y no me arrepiento de tanta burrada. De hecho veo que conforme pasa el tiempo y cometo una cada vez más grande, pues las primeras que hice ya no me pesan tanto. ¿Y qué derecho tengo de llamarle Junky?

Qué derecho tengo de juzgar a nadie. Lo sé, es pura envidia. Y así envidié a mi hermano, el junky, también. No por ser junky, sino por estar tan acostumbrado a equivocarse que la vida le parecía sencilla.

Ayer me despedí de él. Tenía un año de haberse ido y por fin ayer dejé que se llevaran su cuerpo, que era como una utilería de mi realidad. Lo usaba para mantenerme triste, porque si estoy más triste, tengo menos miedo.

 

Si, pinche viaje en popote el que me estoy levantando, soy un insecto que se consume de expectación.

Me incendio, no caeré al piso antes de consumirme. Me consumo y soy mi propia droga. Soy lo más adicta a mí posible.

No sé cómo diablos terminar con este escrito, había puesto un final tan rosa que daban ganas de vomitar.

Ahora no sé qué decir para decir que no sé que decir. Que se me acabaron las palabrotas y que sigo estando encogida y absorta en el nombre de mi junky, en su ausencia prolongada, en sus visitas tan brillantes y efímeras en mi mundo. Y que estoy tan decidida a golpear mi miedo con todo lo que tengo. Pero eso sería un final feliz. Y no hay final feliz. No hay final.

De hecho, es un experimento. Con este vacío me siento un poquito más llena que ayer.

SB