Decisión

“Si echamos una ojeada a nuestra vida pasada, veremos que una de sus más usuales experiencias es que hemos sido favorecidos por nuestros errores y perjudicados por nuestras prudentes decisiones.”

–Winston Churchill

Desde que tenemos “libre albedrío”, algo que no podemos evitar es tomar decisiones, es decir que eso de “libre” no es tan libre como podemos suponer, porque estamos irremediablemente atados a la inevitable toma de decisiones.

Nadie puede escapar a ella, a cada momento estamos tomando decisiones. Quizás vivamos en la zalamera inconsciencia y no nos hayamos dado cuenta de que tomamos decisiones en todo momento, en todo sentido; algunas de esas decisiones son de vida o muerte, algunas son cambios de dirección en la vida, otras parecieran ser absolutamente insignificantes, pero al sumarlas en el gran entramado de nuestro tiempo en este mundo nos damos cuenta de que es el conjunto de todas ellas lo que forma nuestra existencia.

Sin embargo, es muy posible que sólo hayamos hecho conciencia de este hecho al presentarse en la vida encrucijadas en las que tomar la decisión correcta trae implicaciones duraderas, como el decidir formar un hogar, elegir una profesión, elegir cambiar de trabajo, elegir pareja, elegir dejar el alcohol, elegir ir al médico, elegir probar las drogas, elegir ser felices, etc.

Y elegir levantarse temprano o tarde, elegir ceder el paso en la avenida, elegir cambiar una actitud dolorosa por una más sana, elegir ser ordenados y limpios, etc., parecen decisiones sencillas, cotidianas y que no tendrán un gran impacto en nuestras vidas, mas son decisiones tan importantes como aquellas que nos hacen detenernos a pensar. Generalmente son decisiones que tomamos con practicidad y sin reflexionar mucho al respecto.

Las elecciones que tomamos en la vida siempre son las mejores que podemos tomar, algunas parecerán errores, pero a larga sabremos que esos “errores” fueron justamente la clave para nuestro crecimiento; algunas traerán mucho dolor y quizás vivamos con culpa, pero si aceptamos que todo lo que hacemos es una oportunidad para crecer y aprender, entonces el problema quizás no fue la decisión que tomé, sino cómo la viví.

Muchas veces intentamos decidir pensando mucho, no queremos soltar prenda hasta tener absoluta claridad sobre lo que será mejor, sin embargo, es rara la vez en que lograremos una total claridad sobre cualquier asunto porque no poseemos la habilidad de adivinar el futuro, nuestras decisiones se basan en experiencias pasadas, en necesidades y en deseos que nos limitan. Entonces, este “poder de decisión” que poseemos no es lo que parece. Desde luego que es un “poder”, pero su fuerza no radica en la decisión, sino en quién nos convertimos a partir de ella y en cómo elegimos vivir después de tomarla.

Vivir con miedo ante la toma de decisiones es vivir con miedo a la vida. El miedo es el opuesto del amor; si creemos que todas nuestras decisiones nos llevan a vivir experiencias que nos harán crecer, estamos eligiendo vivir desde una perspectiva amorosa; el juicio sobre si una decisión es buena o mala puede variar mucho con el tiempo; nosotros podemos cambiar tanto que algo que nos parecía inaceptable en un momento de nuestras vidas, en otro pueda parecernos absolutamente necesario.

Si lo que estamos buscando es crecer, entonces una buena opción es que, frente a una encrucijada de decisión nos demos un momento para sopesar lo que queremos, y después lo llevemos al corazón y decidamos desde ahí. No hay malas decisiones, todo lo que elegimos está siempre en función de nuestro crecimiento; quizás podemos tomar decisiones que traerán dolor y sufrimiento a mucha gente, e idealmente preferimos no vivir eso, pero el dolor y el sufrimiento existen por una razón, y es la de templar el corazón.

En fin, partiendo de la premisa de que todo el tiempo estamos decidiendo, y esas decisiones, cotidianas o no, son las que nos generan culpa o satisfacción, quizás lo sano para mí es aceptar que siempre estoy haciendo lo mejor que puedo con las herramientas que tengo, que todo el mundo busca la felicidad, y que no hay malas decisiones, sólo oportunidades genuinas de crecimiento y evolución.