¿Qué determina qué es lo que cada persona merece? La forma de establecer lo que merecemos está dada por lo que aprendemos a lo largo de la vida; desde niños escuchamos frases como: “Si haces tu tarea, puedes salir a jugar”, “Si te portas mal, te voy a castigar”. También hay otros mensajes no tan explícitos, pero que de cualquier forma recogemos, como cuando escuchamos a nuestros padres y familiares comentar que a la hija del vecino la dejó el marido, “es que era una loca”; o escuchamos a los compañeros de la clase contar que a una niña la corrieron de su casa porque salió embarazada…
Todos estos mensajes forman en nosotros una idea de lo que la gente merece si se porta de acuerdo a las normas establecidas, y lo que se merece si rompe esas reglas. Desafortunadamente pocos son los padres que les dicen con claridad a sus hijos que se merecen todo el bien, simplemente porque todos merecemos cosas buenas. Asumimos que merecemos castigos, muchas veces sólo por ser quienes somos, algunas veces por ser o pensar diferente, por tener opiniones distintas.
Aún cuando cometamos errores, eso no significa que nos merezcamos lo peor, sin embargo, tenemos en la mente bien grabados esos mensajes, casi todos de forma inconsciente, que nos dicen que no merecemos cosas buenas.
¿Qué determina que una persona crea que merece o no algo bueno? ¿Por qué algunas personas no tienen límites en cuanto a la realización de sus sueños o aspiraciones, y otras no pueden siquiera atreverse a soñar? Esto está directamente relacionado con la autoestima; creer que no merezco pesa tanto como creer que no valgo. Pero todas las personas valemos igual, independientemente de nuestros errores. Todos tenemos los mismos derechos y todos merecemos ser tratados con amor y realizar todo aquello que nos haga sentir felicidad y plenitud.
Es como jugar al ajedrez, saber jugar es lo que determina que ganemos o no la partida, no el hecho de ser buenas o malas personas; la abundancia está abierta a todo el mundo, pero sólo el que cree que la merece puede hacer uso de ella. Cada persona es dueña de su sentido de merecimiento; muchas personas podrán tener un juicio sobre lo que los demás merecen, pero lo que determina lo que la vida le da a cada quien es lo que cada persona llama para sí; el mundo que crea en su mente, los pensamientos que genera.
El merecer también solemos relacionarlo con el llenar expectativas de aquellos que influyeron en la formación de nuestro sentido del merecimiento. Si un padre tiene la expectativa de que su hijo tenga cierta profesión, y el hijo no es bueno en esa profesión porque tenía talento para otra cosa, éste no cumple las expectativas paternas y siente que no merece el éxito o la felicidad, pues ha defraudado a su padre. Pero no nos engañemos más, el cumplir las expectativas no tiene ninguna relación con lo que merece cada ser humano. Todo ser humano se merece ser feliz. Todos estamos en la búsqueda de la felicidad. Claro que hay aquellos que cometen actos atroces y pensamos que ellos merecen cosas atroces, pero si aquellos victimarios hubieran entendido, cuando fueron víctimas, que no se merecían ser victimizados, sino amados, no se hubieran convertido en los victimarios que son ahora. Desde luego, el perdón es un factor muy importante para que una persona no se vuelva victimario.
En El mercader de Venecia, Shakespeare hizo evidente que la compasión es una virtud que el ser humano comparte con Dios, pero una persona que no posee compasión no puede darla. Nadie puede dar lo que no posee, o no cree poseer.
Si partimos de la premisa de que todo ser humano tiene a Dios en su interior, entonces tendríamos que aceptar que todos merecemos ser amados y tratados con respeto. Si lográramos ver al universo desde esta perspectiva, como hacía Gandhi, quizás podremos tratar a todos con amor y respeto, y también a nosotros mismos; entenderíamos, entonces, que todos merecemos lo mejor, no importan nuestras equivocaciones, y ese sentido de saber que merecemos amor, también disminuiría drásticamente el miedo que sentimos por la vida, por ir en busca de nuestros sueños; no tendríamos límites.
Entonces, si de nosotros mismos depende nuestro sentido del merecimiento, sólo es cuestión de un ajuste, como bien dice Louis Hay: “Sólo es un pensamiento, y un pensamiento puede cambiarse”, valdría la pena arriesgarnos a cambiar ese pensamiento que nos dice que no merecemos divertirnos, ser felices, tener una pareja amorosa e inteligente, ser abundantes, tener buenos amigos, etc., por aquel que dice: “Yo merezco todo lo bueno”, porque esa es la verdad. Por eso, si no crees que lo mereces… no lo mereces todavía, pero eso puede cambiar.
–Mónica Barrón