Quiero doblar el arco de la vida
hasta que forme un círculo.
De mis manos saldrá, entonces, la flecha
de la certeza que persigo.
El aire, desgarrado por su vuelo,
irradiará, y el signo
de las constelaciones
palpitará en lo azul del infinito.
¡Ay, si pudiera el arco doblarse, sin romperse,
hasta formar un círculo!
¡Ay, si la flecha que lanzara el arco
llegara a su destino!
<<Jaime Torres Bodet  1924>>

Quien no conoce cuál es el significado de su vida vive en un oscuro laberinto. En un mundo en crisis de valores, en ruptura de paradigmas, en donde la vida se ha devaluado al grado de la simple broma, a veces me siento tentada a devolverme al existencialismo para preguntarme qué sentido tiene vivir o quizás solamente para aplastar la llaga; sin embargo considero esto como  un buen síntoma, porque implica que aun me importa, que estoy buscando la felicidad, que me doy cuenta de que hay un vacío en mí que no puedo llenar con objetos ni personas, que hay un significado, existe y es vital que lo encuentre.
El poema de Jaime Torres Bodet, La Flecha, es una metáfora maravillosa sobre lo que yo llamo “reconciliarse con el destino”. Muchas veces me he preguntado si creo en el destino, si todo está escrito de antemano y somos simples ejecutantes de una vida que ya fue escrita, como si fuéramos intérpretes y no creadores. Lo que pienso es que es un poco de las dos.
Creo que todos tenemos una misión, un destino, pero no todos lo cumplimos. No todos estamos concientes de lo que queremos lograr en la vida, muchos ni siquiera sabemos quién diablos somos. Cómo entonces esperar saber hacia dónde vamos y cuál es el significado de nuestra vida.
Un arquero que conoce su objetivo es metáfora de una persona que sabe a dónde quiere llegar. Para acertar hay que conocer el objetivo. El objetivo está en nuestro interior, es como un sobre sellado que cargamos en el centro de nuestro ser pero hace falta contactar con nuestro interior para llegar a él, conocer nuestra clave para poderlo descifrar, y una vez que sabemos hacia dónde apuntar la flecha, entonces tensar el arco casi hasta formar un círculo perfecto, lo más importante es la precisión, la certeza, no la velocidad con que descubrimos hacia dónde apuntar, lo importante no es la velocidad, sino la claridad del objetivo y la puntería, la certeza.
A veces me siento a meditar porque la angustia me llega a niveles preocupantes y se me agolpa en la garganta, entonces pido sabiduría para que me sea revelada mi misión, el significado de mi vida. Sé que de nada me sirve tener un arco y una flecha maravillosos si no sé a dónde dirigirlos. Sin embargo, algo en mi interior me dice que si sólo tengo una flecha, no debo desperdiciarla hasta no estar segura de tener la habilidad de apuntar sin temor a fallo. Entiendo entonces que la misión y el significado se revelan en el momento preciso, no antes, no después.
Quizás no es cuestión de tensar el arco hasta estar seguro de que alcanzará la distancia adecuada, sino esperar a que el objetivo esté al alcance, y para eso se requiere de mucha paciencia.
Las crisis de valores cambian de lugar el objetivo. Creo que cada persona tiene una misión, pero no puede realizarla en cualquier momento de la vida, la flecha debe lanzarse justamente cuando el objetivo se hace presente, no permitir que el miedo nos dispare tras un falso objetivo, el objetivo que otros nos han impuesto, la mayor de las veces, por amor. Es conjugar el desarrollo de las habilidades del arquero con el momento exacto en que deberá hacer uso de sus habilidades.
Enemigo del buen arquero es la impaciencia. Sin embargo hay que estar siempre alertas, porque si me quedara dormida en la paciente espera, el objetivo puede pasar sin que lo perciba, y eso sería verdaderamente trágico.  Entonces, para reconciliarme con mi destino, primero tengo que creer que existe, descubrirlo en mi interior, interpretarlo y finalmente ejecutarlo, llegar hasta él con una flecha bien direccionada. La reconciliación con el destino consiste en entender primero que nada está escrito, es simplemente que cada ser humano tenemos ciertos talentos y a través de ellos podemos hacer cosas excepcionales, descubrirlos y amar a través de ellos es enfocarnos en nuestro destino real. Vivir en el dolor de no aceptar que tenemos un destino, vivir fracturados por la idea del vacío interior, de las sombras, de los errores, de la perfección, es rechazar al destino.
Hacer las paces con el destino implica amarse uno mismo, reconocer que estamos aquí para aprender y evolucionar espiritualmente, entender que el camino está hacia adentro, comenzar a aceptar quién soy, primeramente, con el lado oscuro y con el lado brillante, partir de aquí para saber qué cambios deseo realizar, sumar cada una de mis partes para encontrarme que SOY más que la suma de ellas, que los intersticios que las unen son la divinidad que me engrana y me sana.
No ser un harpa rota, sino ser un arco flexible. Aceptar la plenitud, entender que basta con  dar lo mejor que puedo dar. Entonces quizás pueda mirar a mi destino y hacer las paces con él.
Creo que lo que me ha hecho falta en el proceso ha sido la fe. Aceptar que soy parte de algo más grande y que todo pasa en el momento adecuado, que mi objetivo aparecerá cuando sea el momento, pero estar segura de que aparecerá y de que soy capaz de acertarle la flecha. La vida es una dialéctica evolutiva, repetimos las circunstancias pero las vivimos evolutivamente, somos siempre diferentes, podemos tomar decisiones completamente opuestas en circunstancias similares, la voluntad es en el ser humano la capacidad de evolucionar por decisión propia. En terapia, es la voluntad del paciente la que lo puede sanar, es la voluntad del alcohólico la que lo puede mantener sobrio, la voluntad permite amar después de haber tenido el corazón roto, y es la voluntad de acertar la que nos permite reconciliarnos con nuestro destino.

Sabinne

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